domingo, 18 de noviembre de 2018

Un café con hielo




Cinco años juntos. Uno y medio de pasión e ilusión, otro año y medio de proyectos de futuro, un cuarto de incertidumbres “¿qué me está pasando”? Y el último de aburrimiento y desidia.
_Cielo ¿qué te parece si tomamos un poco de aire fresco? _le dijo un día ella_ Y se fue a casa de una amiga pero a la semana el la llamó.
_¿Cuándo vuelves amor? _y a ella su voz le resultó cansina.
El continuó llamándola todas las semanas durante aquellos dos meses de ausencia hasta que decidieron citarse en aquella cafetería.
_¿Qué le digo? _ piensa ella_ ¿Cómo termino esto?
Al torcer la esquina estaba allí sentado, en la terraza, mientras revolvía el café con hielo, esa estúpida manía suya de pedir café con hielo para luego dejar que se licuase y el irritante ruido de la cucharilla tropezando en el cristal del vaso y el hielo chocando contra la cucharilla y contra las paredes del vaso como un pequeño iceberg a la deriva.
_¿Sabes? ¡No lo soporto! Ni un día más. Esa costumbre tuya de pedir un café con hielo para luego tomártelo sin el_. Y levantándose se fue por donde había venido.  

miércoles, 17 de octubre de 2018

Lágrimas negras



-¡Levántate Ernesto! ¡Es la hora! -lo despertó la voz huraña de su padre.
Abre los ojos y por el ventanuco de la habitación entra la luz metálica de la luna de invierno. Tiene frío y hambre, pero es un frío y un hambre secular, el de los desheredados. Su padre lo apura. Salen y comienzan a caminar por el sendero de barro y escarcha. Tras una hora de caminata por la llanura desnuda y gélida llegan a la entrada de la mina. En la penumbra gris del amanecer ve niños, hombres y algunas mujeres. Ernesto y su padre se suben a una vagoneta de las que hay en los raíles de la vía y entran al interior de la mina.
Dentro, en las galerías, le enseñan a arrancar con las manos las piedras del túnel. Después las carga en una carretilla y cuando está llena la descarga en una vagoneta. Horas y horas, no sabe cuantas, porque allí no hay luz, sólo un polvillo negro que se mete por las narices, por la boca, por los ojos.
Cuando salen ya es de noche. De vuelta por la llanura seca y helada, mientras camina encorvado, con el peso de la luna de invierno sobre sus espaldas de niño, va llorando lágrimas negras.
-Te acostumbrarás hijo, te acostumbrarás... -le dice su padre y su voz ya no es huraña.


viernes, 1 de junio de 2018

Una casa en las afueras



 Cariño mira el maravilloso paisaje que contemplamos desde el porche, el bosque , los prados verdes, al fondo la cordillera y ese tono de la piedra caliza cuando le da el sol, el lago a nuestros pies, mira, fíjate, a veces desde aquí se ven esos pequeños remolinos, son los peces que saltan y vuelven a meterse en el agua. Nuestros deseos hechos realidad, la casa con la que siempre soñamos, lejos de todo y de todos, un mundo a nuestra medida, donde nadie nos moleste, tu y yo solos, amándonos como al principio, porque era eso de lo que se trataba, de que todo siguiera igual, ¿acaso no estoy yo aquí para complacerte? ¿O es que no te trato como a una reina? Soy tu esclavo, pídeme lo que quieras y se cumplirán tus deseos ¿para qué necesitabas las piernas? ¿Para huir de mi? Y ¿las manos? ¿Para blandir un cuchillo? Ahora debo irme a trabajar. ¿Quieres quedarte aquí en el porche, al aire libre? ¿O prefieres que meta la silla para casa y te acerque a la ventana del salón? Te quitaré la cinta de la boca, no grites, aunque si quieres puedes hacerlo, no te escuchará nadie, pero me resulta muy molesto cuando estoy aquí oír tus gritos y tus llantos, porque me hacen pensar que ya no me quieres como antes así que tendré que cortarte también las cuerdas vocales.