miércoles, 17 de mayo de 2017

Hilaria




El corazón se le aceleraba cuando sentía sus gritos, cada vez más nítidos por la vereda del jardín. Entonces se asomaba al balcón y los saludaba. Ellos entraban en tropel, directamente al gran salón, saltaban sobre los sofás desvencijados y el polvo acumulado por años de desidia se mezclaba con la luz incierta de la tarde; a veces algún muelle que sobresalía del fieltro carcomido rasguñaba las pieles blancas de los niños, pero no importaba, un poco de saliva en la mano, frotaban y a saltar de nuevo. Se colgaban de los últimos jirones de las cortinas de terciopelo y si finalmente cedían y caían al suelo era celebrado con una catarata de risas. Su madre, sentada al lado del gran ventanal, no levantaba los ojos de la labor y si alguno la empujaba o cambiaba de sitio el sillón donde se hallaba, ni siquiera pestañeaba.
Cuando se cansaban de jugar en el salón, unos bajaban al entresuelo y se mezclaban con la servidumbre que, indiferente al desorden y la desolación de platos rotos, cacerolas oxidadas y ratones entrometidos, celebraban en torno a la mesa el conciliábulo dirario contra los amos, por lo que la presencia de los intrusos les pasaba totalmente despercibida; otros invadían la biblioteca, donde su padre, apoyado en la chimenea, miraba con nostalgia el cuadro, en inestable equilibrio, de su abuelo vestido de mariscal en una mandorla de humedad verde y ni un sólo músculo de su rostro se movía ante tamaña invasión de su intimidad.
Luego subían al primer piso y una alocada bandada recorría las habitaciones en un juego de escondite que, al chocar en las entradas y salidas de aquellas dependencias con cámaras y antecámaras, provocaban violentos gritos y salvajes carcajadas, hasta que una voz estridente chillaba ¡a los espejos, a la sala de los espejos! Y esto sucedía cuando el sol comenzaba a caer, pues en el tercer piso, donde se hallaba la sala, las sombras y las luces se colaban por los vanos redondos y se perdían y se encontraban entre el laberinto de los espejos. Ellos corrían huidizos al encontrarse a sí mismos y al final, cuando todos convergían en el último, aliviados por la presencia de los otros, se miraban, ya sin miedo, duplicados, mientras a su lado el fantasma deshuesado de Hilaria los miraba sonriente. 

martes, 4 de abril de 2017

La madre



Todas las mañanas la madre destapa al niño, lo lava encima de la cama y después lo coge en sus brazos para sentarlo en un sillón al lado de la ventana. El niño tiene la piel casi traslúcida y los huesos, que son de cristal, no le sostienen, así que la madre lo rodea de cojines para que no se caiga. El niño se pasa la mañana mirando lo que sucede en la calle y lo que mas le gusta es contemplar a los otros niños cuando vuelven de la escuela. Estira todo lo que puede la cabeza para que lo vean, pero ellos pasan sin advertir su presencia, perdidos en sus juegos y sus risas. Al niño por las tardes le sube la fiebre y la madre lo acuesta en la cama, se echa a su lado y le narra cuentos hasta que se queda dormido.
Una mañana el niño no se despertó y ahora, es la madre la que todas las mañanas se sienta en el sillón hasta que ve pasar a los niños que vuelven de la escuela. Después se echa en la cama y mira el techo de la habitación esperando que llegue la oscuridad y el desconsuelo se abandone al sueño.  
   

lunes, 20 de marzo de 2017

Chasquido



En mi fase de ninfa viví durante un tiempo en el huevo hasta que, un día, salí al exterior. Una vez fuera abandoné el color blanco de mi anterior etapa y fui oscureciéndome hasta tomar el color que tengo ahora, negro brillante. Estuve un tiempo viviendo guarecida al calor de la cocina, un artefacto de hierro al que echaban piedras negras, acompañada durante ciertos momentos por otro ser que en nada se parecía a mi. Una criatura peluda de cuatro patas con ojos de color naranja que tan pronto se estiraba como se encogía en un ovillo.
Una noche que no estaba la criatura de cuatro patas, decidí aventurarme más allá de aquel estrecho espacio en el que me movía y al amparo de la oscuridad y pegada a la pared llegué a otro habitáculo. Desde el suelo trepé por una superficie cálida y mullida, hasta que me encontré otra textura diferente, en la que mis patas espinosas iban trazando una pequeña huella. En mi periplo, descubrí hirsutas briznas negras, ásperas durezas, sedosas hebras entrelazadas como bosques de altas hierbas, espacios ahuecados, protuberancias esponjosas, diminutas cavidades, suaves colinas, hasta que llegué a una alta montaña que subía y bajaba. Me encaramé a lo más alto y desde allí contemplé lo que había al otro lado. Al fondo de una empinada cuesta, una vaguada y un poco más allá, una oquedad que se abría y se cerraba. Me lancé hacia abajo en una loca carrera, las antenas se me enredaban en las delgadas lianas que había en la brusca pendiente, mis patas luchaban por mantener el equilibrio y continúe resbalando hasta que el escudo de mi cabeza chocó contra algo. Me levanté y ascendí hasta la abertura de la caverna. De repente, cuando se abrió, un remolino me arrastró hacia adentro y caí en una rampa blanda y viscosa. Mis tráqueas se taponaron con una sustancia blanquecina y cuando estaba a punto de ahogarme una tromba me expulsó hacia el exterior. Una violenta claridad apareció de repente e intenté huir.
-¿Qué haces? ¿Porqué enciendes la luz?
-No sé... Es que me parecía que tenía algo en la boca.
-¡Ahhh! ¡Qué asco! Mira, encima de la manta, una cucaracha ¡Corre! ¡Aplástala con la zapatilla!