jueves, 14 de marzo de 2013

El baile



Pétula Polenta llegó del brazo de Rodrigo de Arriba. Llevaba un vestido de seda rosa que al caminar se pegaba a sus flácidas pantorrillas, mientras que los picos de la levita de Rodrigo se bamboleaban al ritmo de su violenta cojera. Al verlos, Lupicinia Pisabarros, que estaba sentada muy rígida para que el corpiño de raso azul “palabra de honor” no le resbalara hasta la cintura, los miró con desprecio.
Manolo Fuertes y Eduvigis de la Fuente bailaban. Él, con pasos lentos y bien medidos, para evitar que el peluquín pudiera caerse al suelo al vaivén de un brusco movimiento y ella, meneando el culo trémulo y arrugando la nariz por el olor a naftalina de la ropa de Manolo.
 En la tarde de otoño, Antonio Machín cantaba “Angelitos negros”.

lunes, 11 de marzo de 2013

El tenedor de alpaca

El cuerpo de mi tío Ambrosio tenía la forma de una vara de hierba. Su cabeza, coronada por cuatro pelos negros e hirsutos, era alargada y sus ojos, redondos y saltones, estaban cubiertos por una cejas tan pobladas que enlazaban la una con la otra, formando una línea recta y negra en la parte baja de la frente. La nariz llegaba con su curvatura hasta la altura de su boca que, pequeña y de labios finos, permanecía siempre fruncida dibujando una O que se abría y se cerraba de forma intermitente. El cuello, delgado y largo, se unía a unos hombros estrechos y femeninos y a partir de aquí, el cuerpo de mi tío comenzaba a aumentar e iba tomando la forma de pirámide de las varas de hierba. Los brazos, redondos y llenos, enmarcaban un torso barrigón que, a la altura de su cintura, se articulaba en rodetes de grasa que llegaban hasta la pelvis. Las caderas, anchas y rollizas, apoyaban en unas piernas rechonchas y cortas, formadas por pliegues de carne superpuestos que se detenían en la rodilla. Y desde aquí, en el corto tramo que mediaba entre la rodilla y el pie, dos gruesas columnas de color morado que terminaban en unos pies demasiado pequeños para sustentar aquel peso.
Una de las cosas que recuerdo con especial repugnancia de mi infancia era el beso que me veía obligada a darle a mi tío Ambrosio. Todos los veranos, cuando volvíamos de vacaciones al pueblo, mi madre nos obligaba a mi hermano y a mí a besar al tío. Mi hermano lo hacía sin ningún reparo ni escrúpulo, pero yo me acercaba con asco y al mirar su boca, que se abría y se cerraba como la de un pez, mi estómago se revolvía y luego, cuando rozaba con mis labios su piel fría y rasposa, en ese segundo que duraba el roce, tenía la sensación de estar besando un sapo.
 El tío Ambrosio, que se había quedado soltero y vivía en el pueblo con mi abuela, tenía un único motivo para vivir, la comida. Su capacidad para engullir parecía no tener fin. Cuando se levantaba por la mañana mi abuela ya le tenía preparada la mesa. Sobre un mantel de cuadros rojos y blancos el tazón del desayuno, el plato con la mantequilla, los botes con la mermelada de tres clases, ciruela, manzana y melocotón y las rebanadas del pan de hogaza recién horneado. Mientras daba cuenta de estas viandas, mi abuela le freía un par de huevos fritos con tocino que él devoraba sin dar tiempo a que enfriaran. Un día, venciendo la repugnancia, me dediqué a observarlo y comprobé que no masticaba. La comida entraba por sus labios y no se detenía en su cavidad bucal, pues sus mandíbulas permanecían inmóviles, sino que pasaba directamente a su cuello, un enorme buche que se inflaba y se desinflaba para dar paso a las viandas.
El tío Ambrosio no se limitaba a tres comidas diarias, entendiéndose como tal el desayuno, la comida y la cena. Tampoco a cinco, si incluimos un tentempié a media mañana y la merienda a media tarde. El tío Ambrosio comía todo el día, a todas horas y todo lo que quedaba al alcance de sus manos. Y cómo hubiera viandas que no podía coger con las manos, llevaba siempre en el bolso de la camisa un tenedor y una cuchara de alpaca que lo sacaban de apuros. Así, mientras mi abuela guisaba por las mañanas, mi tío, con su enorme barriga colgando por encima del cinturón del pantalón, se sentaba en una silla al lado de la cocina y metía la cuchara en la sopa, en el puré o en el cocido y pinchaba con el tenedor los trozos de carne guisada, las patatas fritas, las croquetas o cualquiera de las cosas tan ricas que nos hacía mi abuela cuando íbamos de vacaciones. Y por la tarde, siempre caían un bocadillo de chorizo y un café con galletas que no le quitaban el hambre para la cena.
 El último domingo del mes de julio se celebraban las fiestas en honor de San Fabián, patrono del pueblo, que era también el último domingo de las vacaciones que la familia pasaba reunida, por lo que mi abuela lo festejaba siempre con una comida que tenía lugar en el prado detrás de la casa. A la sombra de los manzanos colocaban una larga mesa cubierta con manteles de hilo y ese día se sacaba la vajilla de las ocasiones. De una rama a otra de los árboles colgaban banderines de colores y mi tío Ernesto tocaba la gaita y mi tío Ataulfo el acordeón. Como era un día especial la comida también era especial. Entremeses variados, sopa, arroz con conejo, lechazo al horno con patatas, casadiellas, compota de manzana, y natillas, se sucedían en este orden. Y hubiera sido una fiesta como la de todos los años, sino fuera porque entre la sopa y el lechazo con patatas, el tío Ambrosio se desplomó sobre el plato. Al principio nadie se percató de lo sucedido hasta que sentimos a una de mis primas pequeñas decir:
- ¡Mirad! ¡El tío Ambrosio se está ahogando en la sopa! -
El tío, con la cabeza metida en el plato de la sopa, tenía un brazo colgando al lado del cuerpo mientras que la mano del otro, colocado encima de la mesa, aferraba el tenedor con un humeante trozo de conejo.
 Una vez superado el estupor inicial y tras comprobar que estaba muerto, se decidió no moverlo de la posición en la que se hallaba hasta que llegara el médico y certificara su muerte, pues alguien dijo que, en este tipo de fallecimientos si se cambiaba de posición al difunto, podía haber algún problema. Como fuera que al ser día festivo también lo era para el médico, se tardó en localizarlo, y los de la funeraria se demoraron porque también estaban de celebración y entre una cosa y otra, pasaron como unas doce horas, y cuando por fin se pudo mover el cuerpo del finado para meterlo en la caja se encontraron con un problema. El tío Ambrosio tenía ya rígida la mano que sujetaba el tenedor y no eran capaces de abrírsela para que lo soltara. Unos decían que lo mejor sería enterrarlo con el tenedor en la mano, otros que deberían cortársela. Al final el criterio que se impuso fue el del tío Manuel que decidió traer unas tenazas para abrir uno a uno los dedos. Tras unos desagradables chasquidos a hueso roto, lograron abrir su mano y el tenedor de mi tío muerto pasó a engrosar la cubertería de mi abuela, compuesta de piezas sueltas, pues ella, por miedo a pasar las carencias que decía haber sufrido en su niñez, nunca tiraba nada.
Seguimos volviendo al pueblo a pasar las vacaciones de verano hasta que mi abuela se murió y cuando nos sentábamos a la mesa a comer y mi abuela repartía los cubiertos, al que le tocaba el tenedor del tío muerto pegaba un brinco en la silla.
-¡No! ¡El tenedor del tío muerto no!- gritaba el desafortunado.
- Niños un poco de respeto – decía la abuela.
 Y el tenedor seguía dando vueltas por los distintos comensales que lo apartaban con disimulo, o lo cambiaban por el del vecino de plato, hasta que acababa en el cajón de los cubiertos desahuciados.


domingo, 3 de marzo de 2013

El compartimento número seis

“Laisse-moi devenir l'ombre de ton ombre, l'ombre de ta main, l'ombre de ton chien.
Ne me quitte pas, ne me quitte pas, ne me quitte pas, ne me quitte pas”
(Jacques Brel)

Caen pequeños copos de nieve cuando el tren llega. En la desolada y gélida estación sólo un hombre y una mujer que se instalan con su pequeño equipaje de fin de semana.
- ¿Quieres que te coloque la maleta en el altillo? - pregunta el hombre
 - No, cariño, gracias. No merece la pena para tan poco tiempo –
 - Adelaida no podemos seguir así...–
 - ¿Así cómo? Sabes que no hay solución. Todo es tan difícil... ¿No lo entiendes? - Los ojos de la mujer permanecen fijos en la oscuridad moteada de puntos grises que se esconde tras la ventanilla.
 - Pero ¿por qué? ¿Por qué te empeñas en ese pesimismo? – 
- Mira la noche. La vida es tan oscura como esos campos negros. ¿No comprendes que no puedo dejarlo? Él está tan solo. Sin mí se moriría... - le responde la mujer - Confórmate con lo que puedo darte
- ¿Y yo? ¿No piensas en lo que yo siento cuando me separo de ti? ¿Pensar que no volveré a verte hasta dentro de un mes? – pregunta el hombre con amargura.
 - Sí, continuamente. Cuando nos separamos y hasta que volvemos a vernos, sólo pienso en ti y si no fuera así... creo que no podría vivir. – 
- Yo estoy dispuesto a renunciar a todo, a mis hijos, a mi esposa, a mi posición ¿Y acaso no sabes lo que eso significa? ¿Quieres mayor prueba de amor que esa? Y ¿tú? ¿Qué me ofreces tú? - añade el hombre fijando ahora la vista en los ojos de la mujer - Sólo negación, desesperanza...y esa obstinación.
Lo siento. Lo siento... –la voz de la mujer es ya sólo un débil susurro.

 El sol tímido de la mañana de invierno ilumina los campos nevados. El tren se detiene en el pequeño apeadero a la entrada del pueblo. Una pareja de ancianos sube y se sienta.
- ¿Avisaste a Aurora? - pregunta el anciano.
- Me lo acabas de preguntar hace un momento y ya te dije que sí – le responde la anciana - Además tú mismo me escuchaste ayer cuando hablaba con ella.
- ¿Ah sí? ¿Y cuándo hablaste con ella? –
La mirada del anciano se pierde ausente en los campos nevados. 
 - Ayer, cariño, ayer – contesta la anciana y su mano lo acaricia con dulzura.
- ¿Y por qué vamos a casa de Aurora? ¿Lo sabe? ¿Nos estará esperando? - vuelve a preguntar el anciano mientras un pequeño hilillo de saliva resbala por la comisura de su boca.
 - Mi amor, vamos a casa de nuestra hija para celebrar nuestras bodas de oro, cincuenta años juntos ¡qué ya son años aguantándote!
 Y con un pañuelo le limpia la saliva que comienza a caer en la camisa del anciano. 
- ¿Nuestra hija? ¿Cuándo tuvimos una hija? –
 Le sonríe y vuelve a limpiarle la saliva que continua resbalando por su barbilla.

El tren entra lentamente en el hangar de la estación. Un matrimonio espera con dos maletas en el andén número cuatro. Cuando el tren se detiene suben y se acomodan. Anochece y las luces de la ciudad se pierden en la lejanía.
- ¡Este es el último año que paso las Navidades en casa de tu hermana! – dice el esposo malhumorado.
 - ¿Por qué dices eso? ¿No será por qué no te hayan tratado bien? – pregunta la esposa.
- No, si tratarme bien, me tratan bien... Pero, no soporto su condescendencia de ricos. ¡Y tú lo sabes! -
- Lo que tú entiendes por condescendencia no es tal. Sólo intentan ser amables. No seas tan duro con ellos. -
- Te compadecen. Y sé que piensan que eres una tonta por haberte casarte conmigo, tú, que podrías haber elegido...- Y la voz del esposo suena amarga en el silencio del atardecer.
- Pero te elegí a ti. -
- Quizá te arrepientas algún día de esa elección –
- No, no lo haré. -
La mujer apoya la cabeza en el hombro del esposo y suspira. Fuera ya ha anochecido y el cristal de la ventanilla les devuelve su imagen.