Las mil palabras y una palabra
"Y aún me atrevo a amar el sonido de la luz en una hora muerta, el color del tiempo en un muro abandonado". Alejandra Pizarnik
miércoles, 11 de febrero de 2026
Pesadilla
En el preciso instante que se abalanzaba sobre mí dispuesta a matarme por aplastamiento, me despierto. Mi cuerpo sudoroso está pegado a las sábanas y cuando intento levantarme mis piernas trocan en unas patitas negras peludas, de mi tórax salen dos alas traslúcidas y mi abdomen brilla con fosforescencias verdes. Mi boca, que ahora es una trompa succionadora, me impide gritar cuando mis ojos facetados ven la paleta matamoscas cayendo sobre mi cuerpo indefenso.
viernes, 11 de octubre de 2019
Metamorfosis
Al despertar Gregorio Samsa una
mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama
convertido en un monstruoso insecto. Franz Kafka
Águeda
escuchó el ruido de la primera paletada de tierra que el enterrador
lanzó al ataúd de su madre, a continuación la siguiente y otra más
y otra, hasta que cubrió el féretro y ya sólo se oyó el rumor de
las ramas de los árboles agitadas por el aire de las castañas.
Hacía muchos años que su madre se
había quedado postrada en la cama. Un día no se levantó, ya no
quiero moverme de aquí, dijo, tú me cuidarás. Ella
la atendió, día tras día, mes tras mes, año tras año. Su voz
invadió
todos los rincones de la casa, Águeda ráscame la espalda, Águeda
la bacinilla, Águeda hoy tienes que cortarme las uñas de los pies,
Águeda tráeme agua, Águeda apúrate y dame un golpe que me
atraganté con el pollo, Águeda ¿qué día hace hoy? Aún no has
descubierto las cortinas. ¡Águedaaaaaa! Ella, solícita y
resignada, se olvidó de sí misma, y se conformó con las
telenovelas de cuatro a cinco cuando su madre dormía la siesta.
Días antes de su fallecimiento, una tarde, en medio de la novela,
oyó un grito extraño y a continuación, unos sonidos que le
recordaron al parloteo del loro de Anselmo el del estanco. Cuando
entró en la habitación halló a su madre semisentada en la cama ,
la espalda encorvada, el cráneo casi sin pelos, solo una pequeña
mata gris en la punta, la nariz curvada en
un arco que tocaba los casi
inexistentes labios y aferrando con sus manos garras el embozo de
la cama.
jueves, 13 de junio de 2019
No me gusta cómo me mira
El chico
entra
pegando un portazo que hace
retumbar los cristales de las ventanas. Con una mano se quita
la gorra que tira
encima del sofá y con la otra se sujeta
los pantalones de tiro hasta la rodilla que amenazan con llegar al
suelo cada cierto número de pasos. En el salón busca con la mirada
a su perro, Roko, y lo halla, relamiéndose satisfecho, en el centro
de la estancia. Desparramadas por el suelo una toquilla malva, una
zapatilla negra roída, los jirones de unas medias grises y una silla
de ruedas vacía.
Lo había
dicho desde el principio, desde el día que con tres meses llegó a
la casa y con la furia desatada de la infancia se tiró a morder una
de sus zapatillas y ella de un puntapié lo alejó. No me gusta cómo
me mira, ¿qué dices abuela? ¡tonterías!. Sí, pero cuando salgas
déjalo en la terraza con la puerta cerrada.
Hasta
luego abuela y la voz del chico se pierde en la penumbra de las
persianas semicerradas que acompañan la duermevela de la anciana
sentada en la silla de ruedas. En la terraza el pitbull Roko se afana
por abrir el resquicio de la puerta de la terraza que ha quedado sin
cerrar.
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