domingo, 8 de enero de 2017

El viejo y la naranja



El viejo está sentado en un sofá situado a lado de una ventana. Le dijeron que era la noche de Reyes, pero en su memoria astillada hace tiempo que eso ya no significa nada. Mira por la ventana y dibujada en el cielo cobalto hay una luna creciente teñida de ocre por el crepúsculo. Alguien ha colocado sobre la manta de cuadros que cubre su regazo un plato con una naranja. Al viejo le sonríen los ojos y vuelve a ser aquel niño que por primera vez comió una naranja.
Era la noche de Reyes. En la cocina oscura el niño está sentado en una silla, al lado de la mesa. Las piernas aún no le llegan al suelo, delgadas y sucias se balancean inquietas. A su lado, el padre corta en rebanadas un pan negro y duro. Se abre la puerta de la cocina y tras el frio cruel de la helada entra su madre, prieta en su gastado chal de lana negra y con ambas manos sujetando un puchero con leche. Deja el cuenco encima del fuego y luego saca del bolso de su mandil de cuadros una naranja que coloca en la mesa delante del niño.
-Es para ti, te la han traído los Reyes.
El niño la coge, la muerde y el sabor ácido de la corteza se le pega a los dientes.
-No hijo, así no. Esto no es una manzana, es una naranja.- le dice su madre quitándosela de la mano. Luego desnuda de piel, la trocea en gajos.
-Ya puedes comerla.
Y el niño coge un gajo, lo mete en la boca, la saliva se le vuelve dulce y desea que ese sabor no se acabe nunca.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Fetiches





La mujer esconde sus ojos de acero gris tras unas gafas de lentes ahumadas. Al fondo de la larga recta acotada por anónimas praderas verdes divisa un punto minúsculo cuya forma imprecisa se convierte finalmente en un hombre. Lleva una mochila y hace autostop. La mujer se detiene y abre la puerta del copiloto. El hombre pronuncia el nombre de una ciudad. Ella asiente.
Al iniciar de nuevo la marcha el entrechocar de pequeños huesecillos que cuelgan del retrovisor tritura el silencio. Tras el fin de las praderías se halla el bosque de pinos. Una pista de tierra rojiza los lleva hasta la penumbra verdinegra. El hombre mira el perfil oscuro y el pecho agitado de la mujer y siente la mano osada que se pierde en su entrepierna.
El hombre agonizante oye el crepitar de las agujas de los pinos bajos las pisadas leves de la mujer que se aleja y huele el olor de su sangre fresca. La mujer llega al coche y cuelga otro huesecillo. Un leve tintineo y el golpe seco de la puerta al cerrarse. En el bosque de pinos el roce áspero de un cuerpo que se arrastra, una mano sin un dedo que suplica y el alboroto del coche que se aleja.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Juegos



El coche negro y pequeño se desliza lentamente por la carretera. La luz difusa de las farolas ilumina con tintes de celofán amarillo la oscuridad. Son las cinco de la mañana en un barrio de las afueras de una gran ciudad. Los faros del coche señalan, como los focos de un teatro enmarcando la escena que tendrá lugar, la marquesina del autobús donde se halla esperando un hombre.
-Ya me estoy cansando de dar vueltas. Llevamos dos horas buscando y no aparece nadie con esas características.
-¡Joder tío! Mira el tipo de la parada del bus.
-¡Hostia! ¡Es él! ¡Por fin! Bajito, gordo, calvo, cincuentón y con cara de idiota.
El coche ralentiza su marcha hasta que se detiene delante de la marquesina. Los dos jóvenes que se encontraban en su interior descienden y rodean al hombre. Este pensando que van a robarle balbucea.
-Nn nn no tengo nada. Soo sólo soy un obrero. Voy, vooy a tra trabajar. Tra trabajo en en una pana, panadería. Bueeno si que quereis mi mi reloj…
-Así que un obrero, joder tío, de puta madre, eso también está en el guión- dijo el joven con perilla.
-¿El guión?- la voz del hombre tan triste y silenciosa por el miedo se perdió entre el cuello de su camisa.
-Lo siento, ¿sabe? No es nada personal pero debemos hacerlo. El guión, lo pide el guión.- le dice el joven de voz meliflua al tiempo que saca una navaja de la cazadora de cuero marrón.
-Yo le sujeto y tu lo haces – dice el joven de la perilla mientras con un brazo rodea el cuello del hombre y con el otro atenaza sus brazos.
La navaja entró decidida en su vientre y giró dos veces sobre si misma mientras los ojos del hombre se abrían enormes, extrañados, castaños y tiernos en la noche con sombras amarillas. El hombre quedó tendido en el suelo y la sangre de su vientre empapa la acera y cuando la colma va cayendo a la calle negra hasta que se confunde con ella. A su lado una pequeña fiambrera que al caer se abrió y desparramó su contenido, un bocadillo de tortilla y una manzana.
En el coche que se aleja los dos jóvenes charlan.
-¿Cual es lo siguiente tío?
-Hay que violar a una negra joven, a ser posible virgen y con el pelo largo, bizca, ni gorda ni delgada, ni alta ni baja...