viernes, 18 de octubre de 2013

Zapatos




-¡Clara hija! ¡Deja esos zapatos! ¿No ves que no son tuyos? Son de ese señor. Y se va a enfadar mucho cuando se los devolvamos. ¡Ya no sé cómo te lo voy a decir! ¡No te pongas los zapatos de la gente! ¡Como lo vuelvas a hacer te castigo sin venir a la playa!
Y Clara, con un mohín triste, se sienta en la toalla mientras sus pies pequeños y gordezuelos se mueven inquietos en la arena. Al poco rato, sus ojos se fijan en las sandalias rojas de una señora que acaba de llegar a la playa. Cuando la señora de las sandalias se está bañando y su madre está distraída pelándole un plátano a su hermano, se calza las sandalias rojas y subida en ellas siente que está en otro mundo, un mundo de princesas, de vestidos color rosa, de collares de cuentas blancas y doradas… hasta que siente que su madre le hace daño al agarrarla por el brazo.
 -¡Pero otra vez! Pero hija, ¡qué fijación tienes con los zapatos! ¡No te voy a traer más a la playa!
El rostro de Clara se contrae en una mueca de dolor que desaparece cuando su mirada se detiene en unas chanclas azules…

jueves, 17 de octubre de 2013

Una carta



Te escribo al atardecer, como todos los días. Hoy el árbol del patio ha comenzado a perder sus hojas. El viento de otoño las arrancó y después de voltearlas durante unos minutos las dejó caer al suelo. Me asomo a la ventana pero no puedo ver más allá de la mitad del árbol. Ha dejado de venir el pájaro, el que tenía la pechera naranja y el pico amarillo. ¿Recuerdas que te hablé de él al principio de la primavera? Un día que llovía se posó en el alféizar de la ventana. Qué bello, pensé, entre estos muros grises y anodinos. Al día siguiente dejé unas migas y volvió, y así durante todo el verano. Hace ya una semana que no viene, quizá haya emigrado o también puede que haya muerto. Me gustaba verlo allí, enmarcado entre los barrotes, rompiendo con sus colores la monotonía de mi vida. Un día me dejó tocarlo, había llovido pero sus plumas no estaban mojadas y la punta de mis dedos parecían resbalar sobres ellas. Ahora sólo tengo la mitad de este árbol que se está quedando desnudo. El color de sus hojas fue cambiando, todo un prodigio, hasta convertirse en cartón quebradizo y volátil. También tengo el desconchón de la pared, justo enfrente de la cama. Por las tardes me acuesto con la espalda apoyada en la almohada y me dedico a mirarlo. Ha crecido y en cuanto llegue el invierno se oscurecerá, supongo que por la humedad y crecerá aún más y al cabo de unos años se convertirá en un enorme cráter. Algunas noches tengo pesadillas y siento que caigo por el abismo de ese inmensa boca sulfurosa o que me hundo en el líquido amargo de tus ojos extrañados.
 Ha llegado el momento, dentro de unos minutos apagarán las luces, romperé la carta en pequeños trozos y los dejaré sobre el alféizar, como las migas del pájaro, para que tú, convertida en aire, los recojas durante la noche.

jueves, 4 de julio de 2013

La lluvia

Llovió durante quince días seguidos. Se acostumbraron a su monótono repiqueteo sobre los tejados de pizarra negra, a los regatos que serpenteaban en las orillas de los caminos, a las piedras cubiertas de verdín, al horizonte triste y mohíno empañado por aquella veladura gris; a la humedad que mojaba las sábanas, al pan mohoso, a la herrumbre de las celosías, a la ropa empapada puesta a secar encima de la lumbre, al dolor de sus huesos roídos por el óxido y a aquella niebla opaca que se iba formando en sus corazones.
 Antonio sentía que la lluvia resbalaba por su rostro, que se colaba por los surcos de su piel. Era la segunda vez en aquellos quince días que sacaban el santo para que dejara de llover. Los pies se hundían en el barro mojado mezclado con los excrementos de los animales. Los ojos miraban al cielo, las manos rogaban suplicantes y la plegaria se perdía en el ruido implacable y metálico de la lluvia. Los había que dudaban, otros ya habían perdido toda esperanza. Antonio no, Antonio era un hombre de fe. Si llovía era porque Dios tenía sus motivos para que fuera así, aunque a veces él no los entendiera. Recorrieron todas las calles del pueblo hasta que comenzó a oscurecer y cuando llegaron a sus casas continuaron rezando porque todos sabían lo que pasaría sino paraba de llover. Llegaría aquel hambre amarga que hacía más largo el invierno, que mataba los niños y debilitaba los cuerpos de los mayores. El hambre mezquina que encogía las almas, endurecía los corazones y secaba las lágrimas. Un hambre huidiza que se escondía tras las puertas y espiaba detrás de los postigos.
A la mañana siguiente Antonio se levantó temprano y tomó el camino del río. Seguía lloviendo y el agua que caía de las hojas de los árboles repicaba en los charcos del sendero. Tenía frío y miedo. Poco antes de llegar ya lo vio. El río desbordado inundaba la vega. Era una mancha negra que se extendía lentamente cubriendo de lodo y agua las cosechas.
 El cuerpo de Antonio se encogió de angustia y comenzó a llorar. Más vecinos que se irían del pueblo. Cargarían sus trastos en el carro y enfilarían el camino sin mirar hacia atrás, encorvados y confundidos con la niebla gris . El
no podía marcharse pues pertenecía a la tierra donde estaban enterrados sus antepasados, era ya parte de ese barro en el que se hundían sus pies.