martes, 30 de septiembre de 2014

Un consejo

Se sentía como una contorsionista que no controlaba los movimientos de su cuerpo. Sus brazos se balanceaban y parecían buscar afanosamente algo invisible que se encontraba en un suelo irreal, pues sus ojos no percibían sino una superficie ondulante, hueca, unas veces opaca y otras traslúcida. La cabeza se le iba en pos de aquella nebulosa en la que flotaban sus manos y la boca, deformada en un rictus grotesco, incontrolable, boqueando en un reguero de saliva que se desliza por la comisura. Y en la niebla zigzagueante la imagen distorsionada de la mujer vestida de blanco que se confundía con la pared blanca y que se empeñaba en colocarle los pies en los estribos de la silla de ruedas donde la habían sentado, y el otro tipo de la bata blanca y las gafas redondas, con unos ojos tan saltones que parecían dos enormes canicas azules a punto de saltarle encima. 
-Dime ¿qué te tomaste? ¿Lexatin?
Ella escucha las palabras del tipo que se deslizan morosas en el murmullo de la sala y su boca se abre y se cierra indecisa, insumisa a las órdenes de su cerebro.
-A ver ¿cuántos lexatines te tomaste?- insiste.
Intenta contestarle pero la lengua pastosa se le hincha como un bulbo gigantesco y le queda colgando, perezosa y dormida sobre el labio inferior.
-Mira, te voy a dar un consejo, lo mejor es el tren -le dice el tipo de la bata blanca.
-Yaaa..., pero es que... que... duele. - le dice ella con su voz de gelatina.
-Ah, no te preocupes por eso, nadie vino a decirme que doliera.- 
Y antes de quedarse dormida le pareció oir el clic clic de los ojos canica del tipo botando en el suelo. 

viernes, 20 de junio de 2014

La mano


La mano, surcada de pequeñas arrugas y diminutas venas azules, se posa en la roca y lentamente, con cierta delectación, se desliza por su superficie irregular hasta que llega a un pequeño pocillo de agua. El mar dejó una minúscula parte de sí misma en aquella hendidura y la mano rugosa se hunde y disfruta de la frescura salada.
 Una liviana ola de espuma cubre, sin el menor atisbo de vehemencia, la roca y es ahora una pequeña mano, suave, rosada y regordeta la que intenta coger en el hoyo un insignificante cangrejo que, al sentir el movimiento ondulante, inicia una peripatética huida. La mano sale del agujero cuando siente una voz que lo llama y al mirar hacia atrás, recortada en la tarde caliginosa de arena blanca, una mujer con un bañador rojo.
El hombre vuelve la vista hacia su mano que se balancea sumisa en el tierno remolino que ha dejado la ola. En la playa la soledad de la brisa, la arena aún ingenua en la mañana de primavera y en el hoyo sólo el agua y la mano azulina.

Vistas



El sol se reflejaba en sus cristales de laguna verdiazul y hacía que brillaran entre las hojas secas del camino. Extraviadas por alguien o quizá abandonadas, tenían la patilla derecha seccionada en dos, bien pudiera ser por un pisotón tras la pérdida o ya rotas, posteriormente confiadas a su suerte de objeto inservible. Desde sus ojos de diáfana opacidad veían pasar el singular desfile de un mundo contemplado a ras del suelo; playeros desgastados, tobillos desnudos, pantalones ajustados, acampanados; tacones repiqueteantes, suelas sigilosas, medias estranguladoras, patas peludas, unas de trote cansino y otras de brincos locos; rincones efímeros al paso de faldas voladizas, nubes viajeras azules, grises, algodonosas; un cielo azul, lluvia fina que limpia el polvo del día, goterones, una hormiga que sube por su montura plateada y se desliza por el tobogán vidriado, la luna creciente que a la noche siguiente, llena y redonda ilumina las sombras de las copas de las árboles, y la última visión aterradora, en un amanecer de horizontes naranjas, de una suela negra de prominentes relieves cuadriculados.