"Y aún me atrevo a amar el sonido de la luz en una hora muerta, el color del tiempo en un muro abandonado". Alejandra Pizarnik
jueves, 21 de abril de 2016
La hoguera
Hizo una hoguera. Echó dentro los muebles, las fotos, los libros, la ropa. Después entró desnudo por la puerta de su casa y comenzó una nueva vida.
miércoles, 9 de marzo de 2016
Un día de charcos en la fábrica de cojines
En
la inmensa nave de paredes sucias cientos de mujeres con la espalda
encorvada no levantan sus ojos de los trozos de tela que unas viejas
máquinas de coser recorren, ora en sentido vertical, ora en sentido
horizontal, hasta conformar unos cuadrados que, en la sala de al
lado, otras operarias rellenarán con algodón.
Por
el pasillo un hombre vociferante corre de un extremo a otro, controlando el trabajo de las obreras para que ni un solo ojo se
levante de la labor, ni una sola palabra se escape de sus bocas
selladas, ni un suspiro de cansancio impida continuar el ritmo
productivo del número de cojines asignado por jornada. La voz
estridente del encargado no logra alzarse sobre el ruido
martilleante de las máquinas de coser y para hacer más efectiva su
arenga, de vez en cuando, se acerca a alguna de aquellas mujeres
encorvadas y les grita al oído, más rápido, no te detengas, como
no espabiles daré parte de ello y te despedirán, no, no es hora de
ir al baño, continúa, sólo se puede ir una vez y tú ya has ido,
acompañado de una pequeña colleja en una nuca indefensa, un golpe
en una espalda desvalida.
El
traqueteo que oxida los oídos y entumece los huesos en la misma
postura durante doce horas se detiene a las seis de la tarde y las
mujeres se levantan a la vez, algunas cojean hasta que sus piernas
tumefactas recuerdan los pasos, otras estiran la espalda y recobran
la postura erguida que las hace aún humanas pero, las más, salen
encorvadas, con los brazos colgando y la mirada perdida en el suelo
de cemento.
Hoy
llueve y en la inmensa explanada que se extiende ante el portón de
entrada de la fábrica se han formado charcos de barro. El encargado
sale el primero y corre entre los charcos, un resbalón y cae
sentado, intenta levantarse y vuelve a resbalar entre el lodo mojado
hasta quedar tendido de espaldas y cuando de rodillas lucha por
recuperar el equilibrio, sus ojos quedan a la altura de cientos de
piernas que lo rodean.
Las
mujeres, ahora erguidas, ahora olvidadas de sus silencios, miran al
hombre chapoteando en el barro y al unísono golpean con su pierna
derecha el suelo enlodado y el hombre escucha, mezclado con el ruido
de la lluvia, el mismo sonido monótono de las cientos de máquinas
de coser y siente el barro húmedo resbalar por sus cara y meterse en
sus ojos, en su nariz, en su boca.
jueves, 11 de febrero de 2016
La felicidad vuela en una nube
De
las dos acepciones con las que se define el vocablo felicidad en el
diccionario, “estado de ánimo del que disfruta de lo que desea”
y “satisfacción, alegría, contento”
pudiera desprenderse que la felicidad no es un estado vital
permanente para el ser humano.
Desde que nacemos, e incluso antes, cuando flotamos en el líquido
amniótico del útero materno, ya disfrutamos de esos pequeños
instantes placenteros. Una felicidad inconsciente rota cuando el
sujeto nace y su primer gesto es el llanto.
El bebé comienza a caminar buscando el equilibrio inestable de sus
piernas endebles, un ligero traspiés, un mal paso y la sonrisa
blanda de su rostro se transforma, primero en un rictus doloroso y
después en un agudo grito de dolor, cuando sus rodillas y la palma
de sus manos chocan contra el suelo.
El niño, que tendrá unos cinco años, está sentado en el banco y
sus rodillas cuelgan mientras se balancea, primero una y luego la
otra. Está comiendo un helado, una enorme bola de nata y fresa
encaramada en un cucurucho de galleta. Su pequeña lengua da rápidos
lametazos a la bola y esta, en un precario equilibrio, cae y queda,
ya perdida su forma redonda, como una triste mancha blanca y rosa a
los pies del niño.
El adolescente de la gorra calada hasta las orejas y los pantalones
colgantes sonríe, mientras la chica de la camiseta corta y piercing
en el ombligo lo mira con dulzura, pero esa sonrisa queda congelada
cuando la chica se funde en un apretado beso con el chico que estaba
a su espalda.
La novia baja las escaleras de la iglesia con la mano delicadamente
apoyada en el brazo del que ya es su marido. En su rostro percibimos
la satisfacción de la excelencia conseguida hasta en los más
mínimos detalles, cuando un inoportuno enredo de su fino tacón en
la cola del vestido, la deja sentada en el último peldaño de la
escalinata.
El hombre de mediana edad mira orgulloso desde la entrada de la casa
las mesas del jardín, con los blancos manteles y la cristalería
iluminada por los farolillos de colores que cuelgan de los árboles.
Los invitados van y vienen con las copas en sus manos, se detienen,
charlan, se sientan, pasean y algunos se pierden en la oscuridad de
los setos para aparecer un rato después. Busca con los ojos a su
joven esposa que, colocándose los tirantes de su vestido de verano,
sale de los matorrales seguida muy de cerca por su socio.
La anciana está sentada con la silla muy pegada a la mesa, para que
las gotas que caen del trozo de pan que moja en el café no la
manchen y se derramen sobre el mantel. Come presta y ansiosa y el pan
reblandecido se desliza, sin detenerse apenas en su boca desdentada,
por su garganta. Cuando, tras repetidas veces, vuelve a remojar el
trozo que va quedando del pan en el café, este se desprende de sus
dedos y pasa a formar parte del líquido marrón de la taza, pero
ella, sin percatarse, introduce los dedos en su boca de nuevo y sus
encías sin dientes aprisionan sus dedos en busca del pan con sabor a
café.
Los arboles, frondosos y añejos, sombrean con delicadeza las tumbas
y los rayos del sol de primavera se cuelan tímidos entre sus ramas.
En el silencio se oye el canto de algunos pájaros, y de nuevo la
paz. Este es un cementerio sin flores, las pocas que quedan, de
plástico, aparecen roídas por el sol y la intemperie de los años.
Los familiares de los que aún se hallan aquí enterrados, hace
meses que no vienen, pues los difuntos, desahuciados de sus tumbas por
la especulación, esperan el desalojo definitivo de un día para
otro. A las nueve de la mañana atrona el sonido de una máquina
excavadora y los pájaros salen huyendo.
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