viernes, 3 de febrero de 2017

El último verano



Aquel fue el último verano en la casa de la palmera, la casa de mis abuelos. Íbamos allí todos los veranos, los meses de julio y agosto. Era una casa de tres plantas, con las paredes pintadas de azul claro y las ventanas y las galerías blancas. A ambos lados, rematando el tejado, dos torreones con una escalera de caracol en el interior. Un capricho de mi abuelo a quien en el pueblo conocían como Antonio el Indiano. Rodeándola un enorme jardín con muchos árboles, fuentes y setos para perderse y delante de la puerta principal la palmera, alta y enorme, como mi abuelo, que se murió un día, así de repente, cuando aún era un hombre muy largo que nos miraba desde aquella altitud inalcanzable, nos asustaba con su vozarrón, su bigote negro terminado en punta y su dedo índice amenazador. Para que no nos viera nos escondíamos por los vericuetos del jardín o subíamos a los torreones y eso era lo que maś nos gustaba, aunque lo tuviéramos prohibido, pues nos decían que podíamos caernos por las escaleras. Desde allí veíamos el mar, y la playa, larga, tostada y con forma de concha y también veiamos el faro blanco, en el extremo del acantilado, al final de la pradería verde donde pastaban las vacas. A veces, al abrir la ventana el viento nos traía el bramido de las olas cuando había marejada y siempre que había niebla escuchábamos el mugido del faro.
El abuelo se cayó un día desde su altura, no se volvió a levantar y lo enterraron al día siguiente y la abuela, que era pequeña y regordeta, comenzó a encogerse más y más, hasta casi dar con la nariz en las rodillas cuando estaba sentada. Después de la muerte del abuelo continuanos pasando los veranos en la casa de la palmera, hasta el verano que me encontré a papá y a la tía Aurora en uno de los torreones. La tía era la esposa del hermano de papá, el tio Luis y la madre de mis primos, Luisito y Amelia. Mi hermano pequeño Alfredo, mis primos y yo subimos corriendo la escalera de caracol, abrimos la puerta y los encontramos, a papa y la tía, sobre la mesa, en una extraña postura, desde la que sólo vimos las piernas blancas de la tía Aurora rodeando la cintura de papá y el culo de nuestro padre que iba y venía y su rostro de medio lado perdido entre los pechos de la tía. Gritaban en un idioma indescifrable y mi hermano Alfredo comenzó a llorar. Mi tía nos vio y apartando sobresaltada a mi padre nos dijo que nos fuéramos. Dos días mas tarde mamá nos llevó a la casa de la otra abuela, una casa pequeña y humeda en un barrio de las afueras de una ciudad. Nos dijo que a partir de ese día viviríamos allí, en aquella casita que, aunque pobre, honrada y decente. No volvimos a ver a los primos, ni a la tía Aurora, ni al tío Luis y a nuestro padre sólo los domingos de cuatro a ocho.

domingo, 8 de enero de 2017

El viejo y la naranja



El viejo está sentado en un sofá situado a lado de una ventana. Le dijeron que era la noche de Reyes, pero en su memoria astillada hace tiempo que eso ya no significa nada. Mira por la ventana y dibujada en el cielo cobalto hay una luna creciente teñida de ocre por el crepúsculo. Alguien ha colocado sobre la manta de cuadros que cubre su regazo un plato con una naranja. Al viejo le sonríen los ojos y vuelve a ser aquel niño que por primera vez comió una naranja.
Era la noche de Reyes. En la cocina oscura el niño está sentado en una silla, al lado de la mesa. Las piernas aún no le llegan al suelo, delgadas y sucias se balancean inquietas. A su lado, el padre corta en rebanadas un pan negro y duro. Se abre la puerta de la cocina y tras el frio cruel de la helada entra su madre, prieta en su gastado chal de lana negra y con ambas manos sujetando un puchero con leche. Deja el cuenco encima del fuego y luego saca del bolso de su mandil de cuadros una naranja que coloca en la mesa delante del niño.
-Es para ti, te la han traído los Reyes.
El niño la coge, la muerde y el sabor ácido de la corteza se le pega a los dientes.
-No hijo, así no. Esto no es una manzana, es una naranja.- le dice su madre quitándosela de la mano. Luego desnuda de piel, la trocea en gajos.
-Ya puedes comerla.
Y el niño coge un gajo, lo mete en la boca, la saliva se le vuelve dulce y desea que ese sabor no se acabe nunca.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Fetiches





La mujer esconde sus ojos de acero gris tras unas gafas de lentes ahumadas. Al fondo de la larga recta acotada por anónimas praderas verdes divisa un punto minúsculo cuya forma imprecisa se convierte finalmente en un hombre. Lleva una mochila y hace autostop. La mujer se detiene y abre la puerta del copiloto. El hombre pronuncia el nombre de una ciudad. Ella asiente.
Al iniciar de nuevo la marcha el entrechocar de pequeños huesecillos que cuelgan del retrovisor tritura el silencio. Tras el fin de las praderías se halla el bosque de pinos. Una pista de tierra rojiza los lleva hasta la penumbra verdinegra. El hombre mira el perfil oscuro y el pecho agitado de la mujer y siente la mano osada que se pierde en su entrepierna.
El hombre agonizante oye el crepitar de las agujas de los pinos bajos las pisadas leves de la mujer que se aleja y huele el olor de su sangre fresca. La mujer llega al coche y cuelga otro huesecillo. Un leve tintineo y el golpe seco de la puerta al cerrarse. En el bosque de pinos el roce áspero de un cuerpo que se arrastra, una mano sin un dedo que suplica y el alboroto del coche que se aleja.