jueves, 13 de junio de 2019

No me gusta cómo me mira



El chico entra pegando un portazo que hace retumbar los cristales de las ventanas. Con una mano se quita la gorra que tira encima del sofá y con la otra se sujeta los pantalones de tiro hasta la rodilla que amenazan con llegar al suelo cada cierto número de pasos. En el salón busca con la mirada a su perro, Roko, y lo halla, relamiéndose satisfecho, en el centro de la estancia. Desparramadas por el suelo una toquilla malva, una zapatilla negra roída, los jirones de unas medias grises y una silla de ruedas vacía.
Lo había dicho desde el principio, desde el día que con tres meses llegó a la casa y con la furia desatada de la infancia se tiró a morder una de sus zapatillas y ella de un puntapié lo alejó. No me gusta cómo me mira, ¿qué dices abuela? ¡tonterías!. Sí, pero cuando salgas déjalo en la terraza con la puerta cerrada.
Hasta luego abuela y la voz del chico se pierde en la penumbra de las persianas semicerradas que acompañan la duermevela de la anciana sentada en la silla de ruedas. En la terraza el pitbull Roko se afana por abrir el resquicio de la puerta de la terraza que ha quedado sin cerrar.

miércoles, 23 de enero de 2019

Un mundo mejor




Lo detuvieron en el trabajo. Los vio venir a lo lejos un día por la mañana, en el pasillo, rodeados por la luz blanca de los fluorescentes, como ángeles implacables a cumplir sus designios. Cree que alguien lo delató, algún vecino de los que viven en el edificio de enfrente, quizá la mujer de los rulos que pasa el día asomada a la ventana, la joven que hace gimnasia en el balcón o el nieto de los porteros, pagan una buena cantidad de dinero por las denuncias, y eso que siempre había procurado hacerlo con las cortinas corridas, o en el baño sin ventanas, intentado acostumbrarse a la nueva normativa que en breve prohibiría las cortinas y sólo permitiría que los nuevos edificios se construyeran de cristal, todos controlarían la vida de todos, todos se vigilarían y nadie infringiría las leyes.
 Lo llevaron al edificio de la Sede Central y por la gran puerta con dos entradas rotatorias, unos salían y otros entraban, las colas permanecían en silencio, los que entraban, custodiados por sus guardianes, fríos, hieráticos, como esculturas de granito, y los que salían, unos con las manos muertas, otros, con los ojos vacíos, demudados por el terror, castigados por escribir en hojas de papel o por leer libros también en papel. La ley imponía hacerlo en la gran pantalla del ordenador, todo tenía que pasar los filtros legales de escritura y lectura recomendables, nada debía ser íntimo, personal. Después de la entrada rotatoria lo llevaron a una sala con artefactos adosados a la pared, los antiguos secamanos de los lavabos públicos pero con una nueva función, inutilizar las manos de los infractores de la ley. Había sido visto escribiendo en un folio, la pena, las manos muertas, y mientras las introducía, aterrorizado, se vio engrosando la lista de los mendigos mancos y ciegos que pululaban por la ciudad, inútiles y locos, revolviendo entre las basuras, hasta que un día aparecían muertos en cualquier esquina, y el camión que pasaba todas las noches recogiendo las inmundicias los desaparecía y se controvertían en nadie. 

domingo, 18 de noviembre de 2018

Un café con hielo




Cinco años juntos. Uno y medio de pasión e ilusión, otro año y medio de proyectos de futuro, un cuarto de incertidumbres “¿qué me está pasando”? Y el último de aburrimiento y desidia.
_Cielo ¿qué te parece si tomamos un poco de aire fresco? _le dijo un día ella_ Y se fue a casa de una amiga pero a la semana el la llamó.
_¿Cuándo vuelves amor? _y a ella su voz le resultó cansina.
El continuó llamándola todas las semanas durante aquellos dos meses de ausencia hasta que decidieron citarse en una cafetería.
_¿Qué le digo? _ piensa ella_ ¿Cómo termino esto?
Al torcer la esquina estaba allí sentado, en la terraza, mientras revolvía el café con hielo, esa estúpida manía suya de pedir café con hielo para luego dejar que se licuase y el irritante ruido de la cucharilla tropezando en el cristal del vaso y el hielo chocando contra la cucharilla y contra las paredes del vaso como un pequeño iceberg a la deriva.
_¿Sabes? ¡No lo soporto! Ni un día más. Esa costumbre tuya de pedir un café con hielo para luego tomártelo sin el_. Y levantándose se fue por donde había venido.