Se despertó con la
boca seca y pastosa como si el día anterior hubiera bebido. La voz
de su madre terminó de despertarlo, Alfredo vas a juntar el desayuno
con la comida, ¿qué esperas para levantarte? Al abrir los ojos, en
la pared, los Rolling Stones lo miraban drogados hasta el culo y al
girarse vio el despertador colocado en la mesita que marcaba las las
once y media, cuanto he dormido, pensó y esta sensación de resaca
sin haber tomado ni una gota de alcohol, es por la mala noche que he
pasado, se dijo. En el sueño aquella mujer que primero lo engatusó
con la risa fácil y el esmero de los veinte años, una promesa de
vida en común, un cariño lo que tú quieras y él que se sentía
feliz, dejándose llevar, así durante un tiempo, inocente y ciego
como un topo le dijeron luego las caras borrosas y grises de no sabía
quién y venga a dar vueltas en la cama, sudaba y luego aquel
torbellino de insultos, portazos, eres el mayor fracaso de mi vida,
no hay quién te aguante, a ti tampoco, sería mejor que nos
separáramos, esto ya no tiene solución y lo sabes, nunca estás en
casa, estoy mejor en cualquier sitio, ya no te soporto, quiero el
divorcio pero ¿cómo vas a hacerle esto a tu hijo? Y venga a llorar
con una desolación tremenda delante de un espejo que no reflejaba su
rostro, como si hubiera dejado de existir perdido en aquel bucle de
acusaciones, pérdidas y angustia, hasta que despertó de aquella
pesadilla y ahora un clic de su teléfono móvil lo saca del
ensimismamiento, lo acerca y un nuevo mensaje de whatsApp “como
este mes no me ingreses los 300 euros de tu hijo te
denuncio”.
"Y aún me atrevo a amar el sonido de la luz en una hora muerta, el color del tiempo en un muro abandonado". Alejandra Pizarnik
jueves, 31 de mayo de 2018
jueves, 14 de diciembre de 2017
Culos
Pasó a su lado como
todas las tardes y como todas las
tardes a lo largo de las semanas, los meses y los años fue la misma
presencia transparente y anodina que se deslizaba con la fregona, limpiando los suelos que ellos pisaban con sus zapatos de piel y
ellas con sus finos zapatos de tacón. Se había acostumbrado a tener
la misma textura que los cristales de las ventanas, la madera de las
mesas o el acero de los ascensores. Sin una específica corporeidad
cuando se interponía entre la ventana del piso catorce de aquel
edificio con oficinas de abogados y sus ojos, seguían
viendo lo que había detrás del cristal; al otro lado de la calle
más edificios de oficinas, un poco más allá el parque y al fondo,
el cielo que se unía con un horizonte irregular de urbanizaciones a
diferentes alturas.
Pero
esa tarde sucedió algo. Tenían una reunión tardía y la luz
naranja del ocaso se colaba por las rendijas de las cortinas de
lamas. Oyó las sillas al correrse y cuando giró la cabeza los vio
de espaldas, levantándose, y sus culos, sólo sus culos, estaban
desnudos, y había culos que eran tersos como la piel de los bebes,
culos prietos, en tensión, culos fofos y macilentos, culos peludos,
culos granujientos, culos con forma de embudo, culos escurridos,
culos de luna llena, culos fondones, culos glamurosos, culos
vergonzantes pero también culos altaneros, culos en pompa, culos
graciosos pero también culos tristes…
Ella,
agarrada a la fregona, se reía sin parar y de tanta risa que le daba
tuvo que apoyarse en la pared mientras los veía de espaldas,
caminando serios y circunspectos con sus culos desnudos hacia el
ascensor.
miércoles, 17 de mayo de 2017
Hilaria
El
corazón se le aceleraba cuando sentía sus gritos, cada vez más
nítidos por la vereda del jardín. Entonces se asomaba al balcón y
los saludaba. Ellos entraban en tropel, directamente al gran salón,
saltaban sobre los sofás desvencijados y el polvo acumulado por años
de desidia se mezclaba con la luz incierta de la tarde; a veces algún
muelle que sobresalía del fieltro carcomido rasguñaba las pieles
blancas de los niños, pero no importaba, un poco de saliva en la
mano, frotaban y a saltar de nuevo. Se colgaban de los últimos
jirones de las cortinas de terciopelo y si finalmente cedían y caían
al suelo era celebrado con una catarata de risas. Su madre, sentada
al lado del gran ventanal, no levantaba los ojos de la labor y si
alguno la empujaba o cambiaba de sitio el sillón donde se hallaba,
ni siquiera pestañeaba.
Cuando
se cansaban de jugar en el salón, unos bajaban al entresuelo y se
mezclaban con la servidumbre que, indiferente al desorden y la
desolación de platos rotos, cacerolas oxidadas y ratones
entrometidos, celebraban en torno a la mesa el conciliábulo dirario
contra los amos, por lo que la presencia de los intrusos les pasaba
totalmente despercibida; otros invadían la biblioteca, donde su
padre, apoyado en la chimenea, miraba con nostalgia el cuadro, en
inestable equilibrio, de su abuelo vestido de mariscal en una mandorla
de humedad verde y ni un sólo músculo de su rostro se movía ante
tamaña invasión de su intimidad.
Luego
subían al primer piso y una alocada bandada recorría las
habitaciones en un juego de escondite que, al chocar en las entradas
y salidas de aquellas dependencias con cámaras y antecámaras, provocaban violentos gritos y salvajes carcajadas, hasta que una voz
estridente chillaba ¡a los espejos, a la sala de los espejos! Y esto
sucedía cuando el sol comenzaba a caer, pues en el tercer piso,
donde se hallaba la sala, las sombras y las luces se colaban por los
vanos redondos y se perdían y se encontraban entre el laberinto de
los espejos. Ellos corrían huidizos al encontrarse a sí mismos y al
final, cuando todos convergían en el último, aliviados por la
presencia de los otros, se miraban, ya sin miedo, duplicados,
mientras a su lado el fantasma deshuesado de Hilaria los miraba
sonriente.
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