jueves, 31 de mayo de 2018

La pesadilla





Se despertó con la boca seca y pastosa como si el día anterior hubiera bebido. La voz de su madre terminó de despertarlo, Alfredo vas a juntar el desayuno con la comida, ¿qué esperas para levantarte? Al abrir los ojos, en la pared, los Rolling Stones lo miraban drogados hasta el culo y al girarse vio el despertador colocado en la mesita que marcaba las las once y media, cuanto he dormido, pensó y esta sensación de resaca sin haber tomado ni una gota de alcohol, es por la mala noche que he pasado, se dijo. En el sueño aquella mujer que primero lo engatusó con la risa fácil y el esmero de los veinte años, una promesa de vida en común, un cariño lo que tú quieras y él que se sentía feliz, dejándose llevar, así durante un tiempo, inocente y ciego como un topo le dijeron luego las caras borrosas y grises de no sabía quién y venga a dar vueltas en la cama, sudaba y luego aquel torbellino de insultos, portazos, eres el mayor fracaso de mi vida, no hay quién te aguante, a ti tampoco, sería mejor que nos separáramos, esto ya no tiene solución y lo sabes, nunca estás en casa, estoy mejor en cualquier sitio, ya no te soporto, quiero el divorcio pero ¿cómo vas a hacerle esto a tu hijo? Y venga a llorar con una desolación tremenda delante de un espejo que no reflejaba su rostro, como si hubiera dejado de existir perdido en aquel bucle de acusaciones, pérdidas y angustia, hasta que despertó de aquella pesadilla y ahora un clic de su teléfono móvil lo saca del ensimismamiento, lo acerca y un nuevo mensaje de whatsApp “como este mes no me ingreses los 300 euros de tu hijo te denuncio”. 





jueves, 14 de diciembre de 2017

Culos



Pasó a su lado como todas las tardes y como todas las tardes a lo largo de las semanas, los meses y los años fue la misma presencia transparente y anodina que se deslizaba con la fregona, limpiando los suelos que ellos pisaban con sus zapatos de piel y ellas con sus finos zapatos de tacón. Se había acostumbrado a tener la misma textura que los cristales de las ventanas, la madera de las mesas o el acero de los ascensores. Sin una específica corporeidad cuando se interponía entre la ventana del piso catorce de aquel edificio con oficinas de abogados y sus ojos, seguían viendo lo que había detrás del cristal; al otro lado de la calle más edificios de oficinas, un poco más allá el parque y al fondo, el cielo que se unía con un horizonte irregular de urbanizaciones a diferentes alturas.
Pero esa tarde sucedió algo. Tenían una reunión tardía y la luz naranja del ocaso se colaba por las rendijas de las cortinas de lamas. Oyó las sillas al correrse y cuando giró la cabeza los vio de espaldas, levantándose, y sus culos, sólo sus culos, estaban desnudos, y había culos que eran tersos como la piel de los bebes, culos prietos, en tensión, culos fofos y macilentos, culos peludos, culos granujientos, culos con forma de embudo, culos escurridos, culos de luna llena, culos fondones, culos glamurosos, culos vergonzantes pero también culos altaneros, culos en pompa, culos graciosos pero también culos tristes…
Ella, agarrada a la fregona, se reía sin parar y de tanta risa que le daba tuvo que apoyarse en la pared mientras los veía de espaldas, caminando serios y circunspectos con sus culos desnudos hacia el ascensor. 



miércoles, 17 de mayo de 2017

Hilaria




El corazón se le aceleraba cuando sentía sus gritos, cada vez más nítidos por la vereda del jardín. Entonces se asomaba al balcón y los saludaba. Ellos entraban en tropel, directamente al gran salón, saltaban sobre los sofás desvencijados y el polvo acumulado por años de desidia se mezclaba con la luz incierta de la tarde; a veces algún muelle que sobresalía del fieltro carcomido rasguñaba las pieles blancas de los niños, pero no importaba, un poco de saliva en la mano, frotaban y a saltar de nuevo. Se colgaban de los últimos jirones de las cortinas de terciopelo y si finalmente cedían y caían al suelo era celebrado con una catarata de risas. Su madre, sentada al lado del gran ventanal, no levantaba los ojos de la labor y si alguno la empujaba o cambiaba de sitio el sillón donde se hallaba, ni siquiera pestañeaba.
Cuando se cansaban de jugar en el salón, unos bajaban al entresuelo y se mezclaban con la servidumbre que, indiferente al desorden y la desolación de platos rotos, cacerolas oxidadas y ratones entrometidos, celebraban en torno a la mesa el conciliábulo dirario contra los amos, por lo que la presencia de los intrusos les pasaba totalmente despercibida; otros invadían la biblioteca, donde su padre, apoyado en la chimenea, miraba con nostalgia el cuadro, en inestable equilibrio, de su abuelo vestido de mariscal en una mandorla de humedad verde y ni un sólo músculo de su rostro se movía ante tamaña invasión de su intimidad.
Luego subían al primer piso y una alocada bandada recorría las habitaciones en un juego de escondite que, al chocar en las entradas y salidas de aquellas dependencias con cámaras y antecámaras, provocaban violentos gritos y salvajes carcajadas, hasta que una voz estridente chillaba ¡a los espejos, a la sala de los espejos! Y esto sucedía cuando el sol comenzaba a caer, pues en el tercer piso, donde se hallaba la sala, las sombras y las luces se colaban por los vanos redondos y se perdían y se encontraban entre el laberinto de los espejos. Ellos corrían huidizos al encontrarse a sí mismos y al final, cuando todos convergían en el último, aliviados por la presencia de los otros, se miraban, ya sin miedo, duplicados, mientras a su lado el fantasma deshuesado de Hilaria los miraba sonriente.