miércoles, 23 de enero de 2019

Un mundo mejor




Lo detuvieron en el trabajo. Los vio venir a lo lejos un día por la mañana, en el pasillo, rodeados por la luz blanca de los fluorescentes, como ángeles implacables a cumplir sus designios. Cree que alguien lo delató, algún vecino de los que viven en el edificio de enfrente, quizá la mujer de los rulos que pasa el día asomada a la ventana, la joven que hace gimnasia en el balcón o el nieto de los porteros, pagan una buena cantidad de dinero por las denuncias, y eso que siempre había procurado hacerlo con las cortinas corridas, o en el baño sin ventanas, intentado acostumbrarse a la nueva normativa que en breve prohibiría las cortinas y sólo permitiría que los nuevos edificios se construyeran de cristal, todos controlarían la vida de todos, todos se vigilarían y nadie infringiría las leyes.
 Lo llevaron al edificio de la Sede Central y por la gran puerta con dos entradas rotatorias, unos salían y otros entraban, las colas permanecían en silencio, los que entraban, custodiados por sus guardianes, fríos, hieráticos, como esculturas de granito, y los que salían, unos con las manos muertas, otros, con los ojos vacíos, demudados por el terror, castigados por escribir en hojas de papel o por leer libros también en papel. La ley imponía hacerlo en la gran pantalla del ordenador, todo tenía que pasar los filtros legales de escritura y lectura recomendables, nada debía ser íntimo, personal. Después de la entrada rotatoria lo llevaron a una sala con artefactos adosados a la pared, los antiguos secamanos de los lavabos públicos pero con una nueva función, inutilizar las manos de los infractores de la ley. Había sido visto escribiendo en un folio, la pena, las manos muertas, y mientras las introducía, aterrorizado, se vio engrosando la lista de los mendigos mancos y ciegos que pululaban por la ciudad, inútiles y locos, revolviendo entre las basuras, hasta que un día aparecían muertos en cualquier esquina, y el camión que pasaba todas las noches recogiendo las inmundicias los desaparecía y se controvertían en nadie. 

domingo, 18 de noviembre de 2018

Un café con hielo




Cinco años juntos. Uno y medio de pasión e ilusión, otro año y medio de proyectos de futuro, un cuarto de incertidumbres “¿qué me está pasando”? Y el último de aburrimiento y desidia.
_Cielo ¿qué te parece si tomamos un poco de aire fresco? _le dijo un día ella_ Y se fue a casa de una amiga pero a la semana el la llamó.
_¿Cuándo vuelves amor? _y a ella su voz le resultó cansina.
El continuó llamándola todas las semanas durante aquellos dos meses de ausencia hasta que decidieron citarse en una cafetería.
_¿Qué le digo? _ piensa ella_ ¿Cómo termino esto?
Al torcer la esquina estaba allí sentado, en la terraza, mientras revolvía el café con hielo, esa estúpida manía suya de pedir café con hielo para luego dejar que se licuase y el irritante ruido de la cucharilla tropezando en el cristal del vaso y el hielo chocando contra la cucharilla y contra las paredes del vaso como un pequeño iceberg a la deriva.
_¿Sabes? ¡No lo soporto! Ni un día más. Esa costumbre tuya de pedir un café con hielo para luego tomártelo sin el_. Y levantándose se fue por donde había venido.  

miércoles, 17 de octubre de 2018

Lágrimas negras



-¡Levántate Ernesto! ¡Es la hora! -lo despertó la voz huraña de su padre.
Abre los ojos y por el ventanuco de la habitación entra la luz metálica de la luna de invierno. Tiene frío y hambre, pero es un frío y un hambre secular, el de los desheredados. Su padre lo apura. Salen y comienzan a caminar por el sendero de barro y escarcha. Tras una hora de caminata por la llanura desnuda y gélida llegan a la entrada de la mina. En la penumbra gris del amanecer ve niños, hombres y algunas mujeres. Ernesto y su padre se suben a una vagoneta de las que hay en los raíles de la vía y entran al interior de la mina.
Dentro, en las galerías, le enseñan a arrancar con las manos las piedras del túnel. Después las carga en una carretilla y cuando está llena la descarga en una vagoneta. Horas y horas, no sabe cuantas, porque allí no hay luz, sólo un polvillo negro que se mete por las narices, por la boca, por los ojos.
Cuando salen ya es de noche. De vuelta por la llanura seca y helada, mientras camina encorvado, con el peso de la luna de invierno sobre sus espaldas de niño, va llorando lágrimas negras.
-Te acostumbrarás hijo, te acostumbrarás... -le dice su padre y su voz ya no es huraña.