jueves, 26 de febrero de 2026

No te pares con extraños



No te pares con extraños.  
Desde la más tierna infancia  
le decía su madre a Zita 
Palabras grises en un barrio con ventanas 
que hablan y miran 
Puertas desvencijadas 
y paredes desconchadas 

No te pares con extraños 
El runrún en su cabeza 
Al girar en una esquina 
un hombre con ojos de fuego 
Genaro Castoro “alias el Lobo” 
ex convicto,  
pendenciero y lascivo 
¿Dónde vas niña preciosa? 
A casa de mi abuela 
Zita adolescente, 
pizpireta y parlanchina 
meneando las caderas 
al ritmo de un rap de Eminem
¿Y vive lejos tu abuela? 
A dos manzanas de aquí 
Y esos ojos, brasas ardientes 
en el cuerpo núbil 
Y esa boca negra 
de la que asoma una lengua 
rijosa y bífida, 
saboreando ya 
la piel de melocotón 

No te pares con extraños 
Escaleras con olor a verduras,  
orines y lejía 
Grabados en las paredes 
Te amo Lucy  
en un corazón partido por un rayo 
Me vengaré hijo de puta y 
del cuchillo caen goterones 
de sangre roja y caliente 

No te pares con extraños 
Abuela abre, soy yo, 
pasos lentos en el pasillo 
un crujido, oscuridad y por la ranura 
la mano que arrastra a Zita 
!Ay abuela! 
!Me haces daño! 
En el pasillo un cuerpo, 
la abuela con las gafas rotas y 
los ojos muertos 
Zita desnuda 
Zita morada 
grita y grita 
Unas manos como garfíos 
la obligan, la violan y 
la sodomizan 

No te pares con extraños 
Zita roja de sangre 
Las palabras vuelven 
escritas con tinta indeleble, 
sonoras y crueles, mientras 
la cuerda alrededor de su cuello 
aprieta más y más….

miércoles, 11 de febrero de 2026

Pesadilla

En el preciso instante que se abalanzaba sobre mí dispuesta a matarme por aplastamiento, me despierto. Mi cuerpo sudoroso está pegado a las sábanas y cuando intento levantarme mis piernas trocan en unas patitas negras peludas, de mi tórax salen dos alas traslúcidas y mi abdomen brilla con fosforescencias verdes. Mi boca, que ahora es una trompa succionadora, me impide gritar cuando mis ojos facetados ven la paleta matamoscas cayendo sobre mi cuerpo indefenso.

viernes, 11 de octubre de 2019

Metamorfosis



Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto.                                                                                                                                                                                           Franz Kafka
Águeda escuchó el ruido de la primera paletada de tierra que el enterrador lanzó al ataúd de su madre, a continuación la siguiente y otra más y otra, hasta que cubrió el féretro y ya sólo se oyó el rumor de las ramas de los árboles agitadas por el aire de las castañas.
 Hacía muchos años que su madre se había quedado postrada en la cama. Un día no se levantó, ya no quiero moverme de aquí, dijo, tú me cuidarás. Ella la atendió, día tras día, mes tras mes, año tras año. Su voz invadió todos los rincones de la casa, Águeda ráscame la espalda, Águeda la bacinilla, Águeda hoy tienes que cortarme las uñas de los pies, Águeda tráeme agua, Águeda apúrate y dame un golpe que me atraganté con el pollo, Águeda ¿qué día hace hoy? Aún no has descubierto las cortinas. ¡Águedaaaaaa! Ella, solícita y resignada, se olvidó de sí misma, y se conformó con las telenovelas de cuatro a cinco cuando su madre dormía la siesta. Días antes de su fallecimiento, una tarde, en medio de la novela, oyó un grito extraño y a continuación, unos sonidos que le recordaron al parloteo del loro de Anselmo el del estanco. Cuando entró en la habitación halló a su madre semisentada en la cama , la espalda encorvada, el cráneo casi sin pelos, solo una pequeña mata gris en la punta, la nariz curvada en un arco que tocaba los casi inexistentes labios y aferrando con sus manos garras el embozo de la cama.





jueves, 13 de junio de 2019

No me gusta cómo me mira



El chico entra pegando un portazo que hace retumbar los cristales de las ventanas. Con una mano se quita la gorra que tira encima del sofá y con la otra se sujeta los pantalones de tiro hasta la rodilla que amenazan con llegar al suelo cada cierto número de pasos. En el salón busca con la mirada a su perro, Roko, y lo halla, relamiéndose satisfecho, en el centro de la estancia. Desparramadas por el suelo una toquilla malva, una zapatilla negra roída, los jirones de unas medias grises y una silla de ruedas vacía.
Lo había dicho desde el principio, desde el día que con tres meses llegó a la casa y con la furia desatada de la infancia se tiró a morder una de sus zapatillas y ella de un puntapié lo alejó. No me gusta cómo me mira, ¿qué dices abuela? ¡tonterías!. Sí, pero cuando salgas déjalo en la terraza con la puerta cerrada.
Hasta luego abuela y la voz del chico se pierde en la penumbra de las persianas semicerradas que acompañan la duermevela de la anciana sentada en la silla de ruedas. En la terraza el pitbull Roko se afana por abrir el resquicio de la puerta de la terraza que ha quedado sin cerrar.

miércoles, 23 de enero de 2019

Un mundo mejor




Lo detuvieron en el trabajo. Los vio venir a lo lejos un día por la mañana, en el pasillo, rodeados por la luz blanca de los fluorescentes, como ángeles implacables a cumplir sus designios. Cree que alguien lo delató, algún vecino de los que viven en el edificio de enfrente, quizá la mujer de los rulos que pasa el día asomada a la ventana, la joven que hace gimnasia en el balcón o el nieto de los porteros, pagan una buena cantidad de dinero por las denuncias, y eso que siempre había procurado hacerlo con las cortinas corridas, o en el baño sin ventanas, intentado acostumbrarse a la nueva normativa que en breve prohibiría las cortinas y sólo permitiría que los nuevos edificios se construyeran de cristal, todos controlarían la vida de todos, todos se vigilarían y nadie infringiría las leyes.
 Lo llevaron al edificio de la Sede Central y por la gran puerta con dos entradas rotatorias, unos salían y otros entraban, las colas permanecían en silencio, los que entraban, custodiados por sus guardianes, fríos, hieráticos, como esculturas de granito, y los que salían, unos con las manos muertas, otros, con los ojos vacíos, demudados por el terror, castigados por escribir en hojas de papel o por leer libros también en papel. La ley imponía hacerlo en la gran pantalla del ordenador, todo tenía que pasar los filtros legales de escritura y lectura recomendables, nada debía ser íntimo, personal. Después de la entrada rotatoria lo llevaron a una sala con artefactos adosados a la pared, los antiguos secamanos de los lavabos públicos pero con una nueva función, inutilizar las manos de los infractores de la ley. Había sido visto escribiendo en un folio, la pena, las manos muertas, y mientras las introducía, aterrorizado, se vio engrosando la lista de los mendigos mancos y ciegos que pululaban por la ciudad, inútiles y locos, revolviendo entre las basuras, hasta que un día aparecían muertos en cualquier esquina, y el camión que pasaba todas las noches recogiendo las inmundicias los desaparecía y se controvertían en nadie. 

domingo, 18 de noviembre de 2018

Un café con hielo




Cinco años juntos. Uno y medio de pasión e ilusión, otro año y medio de proyectos de futuro, un cuarto de incertidumbres “¿qué me está pasando”? Y el último de aburrimiento y desidia.
_Cielo ¿qué te parece si tomamos un poco de aire fresco? _le dijo un día ella_ Y se fue a casa de una amiga pero a la semana el la llamó.
_¿Cuándo vuelves amor? _y a ella su voz le resultó cansina.
El continuó llamándola todas las semanas durante aquellos dos meses de ausencia hasta que decidieron citarse en una cafetería.
_¿Qué le digo? _ piensa ella_ ¿Cómo termino esto?
Al torcer la esquina estaba allí sentado, en la terraza, mientras revolvía el café con hielo, esa estúpida manía suya de pedir café con hielo para luego dejar que se licuase y el irritante ruido de la cucharilla tropezando en el cristal del vaso y el hielo chocando contra la cucharilla y contra las paredes del vaso como un pequeño iceberg a la deriva.
_¿Sabes? ¡No lo soporto! Ni un día más. Esa costumbre tuya de pedir un café con hielo para luego tomártelo sin el_. Y levantándose se fue por donde había venido.  

miércoles, 17 de octubre de 2018

Lágrimas negras



-¡Levántate Ernesto! ¡Es la hora! -lo despertó la voz huraña de su padre.
Abre los ojos y por el ventanuco de la habitación entra la luz metálica de la luna de invierno. Tiene frío y hambre, pero es un frío y un hambre secular, el de los desheredados. Su padre lo apura. Salen y comienzan a caminar por el sendero de barro y escarcha. Tras una hora de caminata por la llanura desnuda y gélida llegan a la entrada de la mina. En la penumbra gris del amanecer ve niños, hombres y algunas mujeres. Ernesto y su padre se suben a una vagoneta de las que hay en los raíles de la vía y entran al interior de la mina.
Dentro, en las galerías, le enseñan a arrancar con las manos las piedras del túnel. Después las carga en una carretilla y cuando está llena la descarga en una vagoneta. Horas y horas, no sabe cuantas, porque allí no hay luz, sólo un polvillo negro que se mete por las narices, por la boca, por los ojos.
Cuando salen ya es de noche. De vuelta por la llanura seca y helada, mientras camina encorvado, con el peso de la luna de invierno sobre sus espaldas de niño, va llorando lágrimas negras.
-Te acostumbrarás hijo, te acostumbrarás... -le dice su padre y su voz ya no es huraña.


viernes, 1 de junio de 2018

Una casa en las afueras



 Cariño mira el maravilloso paisaje que contemplamos desde el porche, el bosque , los prados verdes, al fondo la cordillera y ese tono de la piedra caliza cuando le da el sol, el lago a nuestros pies, mira, fíjate, a veces desde aquí se ven esos pequeños remolinos, son los peces que saltan y vuelven a meterse en el agua. Nuestros deseos hechos realidad, la casa con la que siempre soñamos, lejos de todo y de todos, un mundo a nuestra medida, donde nadie nos moleste, tu y yo solos, amándonos como al principio, porque era eso de lo que se trataba, de que todo siguiera igual, ¿acaso no estoy yo aquí para complacerte? ¿O es que no te trato como a una reina? Soy tu esclavo, pídeme lo que quieras y se cumplirán tus deseos ¿para qué necesitabas las piernas? ¿Para huir de mi? Y ¿las manos? ¿Para blandir un cuchillo? Ahora debo irme a trabajar. ¿Quieres quedarte aquí en el porche, al aire libre? ¿O prefieres que meta la silla para casa y te acerque a la ventana del salón? Te quitaré la cinta de la boca, no grites, aunque si quieres puedes hacerlo, no te escuchará nadie, pero me resulta muy molesto cuando estoy aquí oír tus gritos y tus llantos, porque me hacen pensar que ya no me quieres como antes así que tendré que cortarte también las cuerdas vocales.

jueves, 31 de mayo de 2018

La pesadilla





Se despertó con la boca seca y pastosa como si el día anterior hubiera bebido. La voz de su madre terminó de despertarlo, Alfredo vas a juntar el desayuno con la comida, ¿qué esperas para levantarte? Al abrir los ojos, en la pared, los Rolling Stones lo miraban drogados hasta el culo y al girarse vio el despertador colocado en la mesita que marcaba las las once y media, cuanto he dormido, pensó y esta sensación de resaca sin haber tomado ni una gota de alcohol, es por la mala noche que he pasado, se dijo. En el sueño aquella mujer que primero lo engatusó con la risa fácil y el esmero de los veinte años, una promesa de vida en común, un cariño lo que tú quieras y él que se sentía feliz, dejándose llevar, así durante un tiempo, inocente y ciego como un topo le dijeron luego las caras borrosas y grises de no sabía quién y venga a dar vueltas en la cama, sudaba y luego aquel torbellino de insultos, portazos, eres el mayor fracaso de mi vida, no hay quién te aguante, a ti tampoco, sería mejor que nos separáramos, esto ya no tiene solución y lo sabes, nunca estás en casa, estoy mejor en cualquier sitio, ya no te soporto, quiero el divorcio pero ¿cómo vas a hacerle esto a tu hijo? Y venga a llorar con una desolación tremenda delante de un espejo que no reflejaba su rostro, como si hubiera dejado de existir perdido en aquel bucle de acusaciones, pérdidas y angustia, hasta que despertó de aquella pesadilla y ahora un clic de su teléfono móvil lo saca del ensimismamiento, lo acerca y un nuevo mensaje de whatsApp “como este mes no me ingreses los 300 euros de tu hijo te denuncio”. 





jueves, 14 de diciembre de 2017

Culos



Pasó a su lado como todas las tardes y como todas las tardes a lo largo de las semanas, los meses y los años fue la misma presencia transparente y anodina que se deslizaba con la fregona, limpiando los suelos que ellos pisaban con sus zapatos de piel y ellas con sus finos zapatos de tacón. Se había acostumbrado a tener la misma textura que los cristales de las ventanas, la madera de las mesas o el acero de los ascensores. Sin una específica corporeidad cuando se interponía entre la ventana del piso catorce de aquel edificio con oficinas de abogados y sus ojos, seguían viendo lo que había detrás del cristal; al otro lado de la calle más edificios de oficinas, un poco más allá el parque y al fondo, el cielo que se unía con un horizonte irregular de urbanizaciones a diferentes alturas.
Pero esa tarde sucedió algo. Tenían una reunión tardía y la luz naranja del ocaso se colaba por las rendijas de las cortinas de lamas. Oyó las sillas al correrse y cuando giró la cabeza los vio de espaldas, levantándose, y sus culos, sólo sus culos, estaban desnudos, y había culos que eran tersos como la piel de los bebes, culos prietos, en tensión, culos fofos y macilentos, culos peludos, culos granujientos, culos con forma de embudo, culos escurridos, culos de luna llena, culos fondones, culos glamurosos, culos vergonzantes pero también culos altaneros, culos en pompa, culos graciosos pero también culos tristes…
Ella, agarrada a la fregona, se reía sin parar y de tanta risa que le daba tuvo que apoyarse en la pared mientras los veía de espaldas, caminando serios y circunspectos con sus culos desnudos hacia el ascensor. 



miércoles, 17 de mayo de 2017

Hilaria




El corazón se le aceleraba cuando sentía sus gritos, cada vez más nítidos por la vereda del jardín. Entonces se asomaba al balcón y los saludaba. Ellos entraban en tropel, directamente al gran salón, saltaban sobre los sofás desvencijados y el polvo acumulado por años de desidia se mezclaba con la luz incierta de la tarde; a veces algún muelle que sobresalía del fieltro carcomido rasguñaba las pieles blancas de los niños, pero no importaba, un poco de saliva en la mano, frotaban y a saltar de nuevo. Se colgaban de los últimos jirones de las cortinas de terciopelo y si finalmente cedían y caían al suelo era celebrado con una catarata de risas. Su madre, sentada al lado del gran ventanal, no levantaba los ojos de la labor y si alguno la empujaba o cambiaba de sitio el sillón donde se hallaba, ni siquiera pestañeaba.
Cuando se cansaban de jugar en el salón, unos bajaban al entresuelo y se mezclaban con la servidumbre que, indiferente al desorden y la desolación de platos rotos, cacerolas oxidadas y ratones entrometidos, celebraban en torno a la mesa el conciliábulo dirario contra los amos, por lo que la presencia de los intrusos les pasaba totalmente despercibida; otros invadían la biblioteca, donde su padre, apoyado en la chimenea, miraba con nostalgia el cuadro, en inestable equilibrio, de su abuelo vestido de mariscal en una mandorla de humedad verde y ni un sólo músculo de su rostro se movía ante tamaña invasión de su intimidad.
Luego subían al primer piso y una alocada bandada recorría las habitaciones en un juego de escondite que, al chocar en las entradas y salidas de aquellas dependencias con cámaras y antecámaras, provocaban violentos gritos y salvajes carcajadas, hasta que una voz estridente chillaba ¡a los espejos, a la sala de los espejos! Y esto sucedía cuando el sol comenzaba a caer, pues en el tercer piso, donde se hallaba la sala, las sombras y las luces se colaban por los vanos redondos y se perdían y se encontraban entre el laberinto de los espejos. Ellos corrían huidizos al encontrarse a sí mismos y al final, cuando todos convergían en el último, aliviados por la presencia de los otros, se miraban, ya sin miedo, duplicados, mientras a su lado el fantasma deshuesado de Hilaria los miraba sonriente. 

martes, 4 de abril de 2017

La madre



Todas las mañanas la madre destapa al niño, lo lava encima de la cama y después lo coge en sus brazos para sentarlo en un sillón al lado de la ventana. El niño tiene la piel casi traslúcida y los huesos, que son de cristal, no le sostienen, así que la madre lo rodea de cojines para que no se caiga. El niño se pasa la mañana mirando lo que sucede en la calle y lo que mas le gusta es contemplar a los otros niños cuando vuelven de la escuela. Estira todo lo que puede la cabeza para que lo vean, pero ellos pasan sin advertir su presencia, perdidos en sus juegos y sus risas. Al niño por las tardes le sube la fiebre y la madre lo acuesta en la cama, se echa a su lado y le narra cuentos hasta que se queda dormido.
Una mañana el niño no se despertó y ahora, es la madre la que todas las mañanas se sienta en el sillón hasta que ve pasar a los niños que vuelven de la escuela. Después se echa en la cama y mira el techo de la habitación esperando que llegue la oscuridad y el desconsuelo se abandone al sueño.  
   

lunes, 20 de marzo de 2017

Chasquido



En mi fase de ninfa viví durante un tiempo en el huevo hasta que, un día, salí al exterior. Una vez fuera abandoné el color blanco de mi anterior etapa y fui oscureciéndome hasta tomar el color que tengo ahora, negro brillante. Estuve un tiempo viviendo guarecida al calor de la cocina, un artefacto de hierro al que echaban piedras negras, acompañada durante ciertos momentos por otro ser que en nada se parecía a mi. Una criatura peluda de cuatro patas con ojos de color naranja que tan pronto se estiraba como se encogía en un ovillo.
Una noche que no estaba la criatura de cuatro patas, decidí aventurarme más allá de aquel estrecho espacio en el que me movía y al amparo de la oscuridad y pegada a la pared llegué a otro habitáculo. Desde el suelo trepé por una superficie cálida y mullida, hasta que me encontré otra textura diferente, en la que mis patas espinosas iban trazando una pequeña huella. En mi periplo, descubrí hirsutas briznas negras, ásperas durezas, sedosas hebras entrelazadas como bosques de altas hierbas, espacios ahuecados, protuberancias esponjosas, diminutas cavidades, suaves colinas, hasta que llegué a una alta montaña que subía y bajaba. Me encaramé a lo más alto y desde allí contemplé lo que había al otro lado. Al fondo de una empinada cuesta, una vaguada y un poco más allá, una oquedad que se abría y se cerraba. Me lancé hacia abajo en una loca carrera, las antenas se me enredaban en las delgadas lianas que había en la brusca pendiente, mis patas luchaban por mantener el equilibrio y continúe resbalando hasta que el escudo de mi cabeza chocó contra algo. Me levanté y ascendí hasta la abertura de la caverna. De repente, cuando se abrió, un remolino me arrastró hacia adentro y caí en una rampa blanda y viscosa. Mis tráqueas se taponaron con una sustancia blanquecina y cuando estaba a punto de ahogarme una tromba me expulsó hacia el exterior. Una violenta claridad apareció de repente e intenté huir.
-¿Qué haces? ¿Porqué enciendes la luz?
-No sé... Es que me parecía que tenía algo en la boca.
-¡Ahhh! ¡Qué asco! Mira, encima de la manta, una cucaracha ¡Corre! ¡Aplástala con la zapatilla!

martes, 21 de febrero de 2017

Confidencias



 Todo comenzó una mañana, hace tres años, al volver del supermercado. Estaba cansada y me senté en un banco y de repente las palabras comenzaron a salir de mi boca, como un torrente incontenible. Ahora me detengo todos los días. A la mujer de la túnica y el pecho desnudo le hablo sobre mi marido, sobre su desamor, las sospechas de infidelidad y el amargor de la certidumbre ; al hombre de la barba y el manto le cuento cosas de mis hijos, el tiempo muerto de mi hija enganchada al ordenador, una desconocida que se encierra con llave en su habitación y que sólo sale por la noche, el despotismo con el que me trata mi hijo, un huésped malencarado con derecho a tres comidas, ropa lavada y planchada. Con el niño del aro sólo me salen frases bonitas, como me pasaba con mis hijos cuando eran pequeños. Me despido y se quedan ahí, hiératicas sobre sus pedestales, esperándome hasta la mañana siguiente. El resto del día estoy muda, pero en mi casa nadie ha notado la ausencia de mis palabras.  





miércoles, 15 de febrero de 2017

Caramelos



El hombre está sentado en un banco del parque. Delante suyo una niña de pelo rubio y falda corta salta a la comba.
-Ven bonita, mira que caramelos más ricos tengo- le dice el hombre a la niña.
La niña duda, pero se acerca. Sobre la mano del hombre tres caramelos envueltos en celofán de color amarillo, verde y azul. Cuando extiende su mano para coger uno la voz de su madre la llama. La niña corre y su figura se aleja en los ojos del hombre.
Un poco después otra niña se acerca en un patinete rosa. El hombre repite la frase. No se esmera.
-Ven bonita, mira que caramelos más ricos tengo.
La niña se detiene y coge uno de los caramelos, lo mete en la boca y a los pocos minutos se le nubla la vista.
El hombre la coge en el cuello y le susura al oído, mi niña bonita… mientras se pierde por la alameda.
Al lado del banco queda el patinete rosa. 

viernes, 3 de febrero de 2017

El último verano



Aquel fue el último verano en la casa de la palmera, la casa de mis abuelos. Íbamos allí todos los veranos, los meses de julio y agosto. Era una casa de tres plantas, con las paredes pintadas de azul claro y las ventanas y las galerías blancas. A ambos lados, rematando el tejado, dos torreones con una escalera de caracol en el interior. Un capricho de mi abuelo a quien en el pueblo conocían como Antonio el Indiano. Rodeándola un enorme jardín con muchos árboles, fuentes y setos para perderse y delante de la puerta principal la palmera, alta y enorme, como mi abuelo, que se murió un día, así de repente, cuando aún era un hombre muy largo que nos miraba desde aquella altitud inalcanzable, nos asustaba con su vozarrón, su bigote negro terminado en punta y su dedo índice amenazador. Para que no nos viera nos escondíamos por los vericuetos del jardín o subíamos a los torreones y eso era lo que maś nos gustaba, aunque lo tuviéramos prohibido, pues nos decían que podíamos caernos por las escaleras. Desde allí veíamos el mar, y la playa, larga, tostada y con forma de concha y también veiamos el faro blanco, en el extremo del acantilado, al final de la pradería verde donde pastaban las vacas. A veces, al abrir la ventana el viento nos traía el bramido de las olas cuando había marejada y siempre que había niebla escuchábamos el mugido del faro.
El abuelo se cayó un día desde su altura, no se volvió a levantar y lo enterraron al día siguiente y la abuela, que era pequeña y regordeta, comenzó a encogerse más y más, hasta casi dar con la nariz en las rodillas cuando estaba sentada. Después de la muerte del abuelo continuanos pasando los veranos en la casa de la palmera, hasta el verano que me encontré a papá y a la tía Aurora en uno de los torreones. La tía era la esposa del hermano de papá, el tio Luis y la madre de mis primos, Luisito y Amelia. Mi hermano pequeño Alfredo, mis primos y yo subimos corriendo la escalera de caracol, abrimos la puerta y los encontramos, a papa y la tía, sobre la mesa, en una extraña postura, desde la que sólo vimos las piernas blancas de la tía Aurora rodeando la cintura de papá y el culo de nuestro padre que iba y venía y su rostro de medio lado perdido entre los pechos de la tía. Gritaban en un idioma indescifrable y mi hermano Alfredo comenzó a llorar. Mi tía nos vio y apartando sobresaltada a mi padre nos dijo que nos fuéramos. Dos días mas tarde mamá nos llevó a la casa de la otra abuela, una casa pequeña y humeda en un barrio de las afueras de una ciudad. Nos dijo que a partir de ese día viviríamos allí, en aquella casita que, aunque pobre, honrada y decente. No volvimos a ver a los primos, ni a la tía Aurora, ni al tío Luis y a nuestro padre sólo los domingos de cuatro a ocho.

domingo, 8 de enero de 2017

El viejo y la naranja



El viejo está sentado en un sofá situado a lado de una ventana. Le dijeron que era la noche de Reyes, pero en su memoria astillada hace tiempo que eso ya no significa nada. Mira por la ventana y dibujada en el cielo cobalto hay una luna creciente teñida de ocre por el crepúsculo. Alguien ha colocado sobre la manta de cuadros que cubre su regazo un plato con una naranja. Al viejo le sonríen los ojos y vuelve a ser aquel niño que por primera vez comió una naranja.
Era la noche de Reyes. En la cocina oscura el niño está sentado en una silla, al lado de la mesa. Las piernas aún no le llegan al suelo, delgadas y sucias se balancean inquietas. A su lado, el padre corta en rebanadas un pan negro y duro. Se abre la puerta de la cocina y tras el frio cruel de la helada entra su madre, prieta en su gastado chal de lana negra y con ambas manos sujetando un puchero con leche. Deja el cuenco encima del fuego y luego saca del bolso de su mandil de cuadros una naranja que coloca en la mesa delante del niño.
-Es para ti, te la han traído los Reyes.
El niño la coge, la muerde y el sabor ácido de la corteza se le pega a los dientes.
-No hijo, así no. Esto no es una manzana, es una naranja.- le dice su madre quitándosela de la mano. Luego desnuda de piel, la trocea en gajos.
-Ya puedes comerla.
Y el niño coge un gajo, lo mete en la boca, la saliva se le vuelve dulce y desea que ese sabor no se acabe nunca.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Fetiches





La mujer esconde sus ojos de acero gris tras unas gafas de lentes ahumadas. Al fondo de la larga recta acotada por anónimas praderas verdes divisa un punto minúsculo cuya forma imprecisa se convierte finalmente en un hombre. Lleva una mochila y hace autostop. La mujer se detiene y abre la puerta del copiloto. El hombre pronuncia el nombre de una ciudad. Ella asiente.
Al iniciar de nuevo la marcha el entrechocar de pequeños huesecillos que cuelgan del retrovisor tritura el silencio. Tras el fin de las praderías se halla el bosque de pinos. Una pista de tierra rojiza los lleva hasta la penumbra verdinegra. El hombre mira el perfil oscuro y el pecho agitado de la mujer y siente la mano osada que se pierde en su entrepierna.
El hombre agonizante oye el crepitar de las agujas de los pinos bajos las pisadas leves de la mujer que se aleja y huele el olor de su sangre fresca. La mujer llega al coche y cuelga otro huesecillo. Un leve tintineo y el golpe seco de la puerta al cerrarse. En el bosque de pinos el roce áspero de un cuerpo que se arrastra, una mano sin un dedo que suplica y el alboroto del coche que se aleja.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Juegos



El coche negro y pequeño se desliza lentamente por la carretera. La luz difusa de las farolas ilumina con tintes de celofán amarillo la oscuridad. Son las cinco de la mañana en un barrio de las afueras de una gran ciudad. Los faros del coche señalan, como los focos de un teatro enmarcando la escena que tendrá lugar, la marquesina del autobús donde se halla esperando un hombre.
-Ya me estoy cansando de dar vueltas. Llevamos dos horas buscando y no aparece nadie con esas características.
-¡Joder tío! Mira el tipo de la parada del bus.
-¡Hostia! ¡Es él! ¡Por fin! Bajito, gordo, calvo, cincuentón y con cara de idiota.
El coche ralentiza su marcha hasta que se detiene delante de la marquesina. Los dos jóvenes que se encontraban en su interior descienden y rodean al hombre. Este pensando que van a robarle balbucea.
-Nn nn no tengo nada. Soo sólo soy un obrero. Voy, vooy a tra trabajar. Tra trabajo en en una pana, panadería. Bueeno si que quereis mi mi reloj…
-Así que un obrero, joder tío, de puta madre, eso también está en el guión- dijo el joven con perilla.
-¿El guión?- la voz del hombre tan triste y silenciosa por el miedo se perdió entre el cuello de su camisa.
-Lo siento, ¿sabe? No es nada personal pero debemos hacerlo. El guión, lo pide el guión.- le dice el joven de voz meliflua al tiempo que saca una navaja de la cazadora de cuero marrón.
-Yo le sujeto y tu lo haces – dice el joven de la perilla mientras con un brazo rodea el cuello del hombre y con el otro atenaza sus brazos.
La navaja entró decidida en su vientre y giró dos veces sobre si misma mientras los ojos del hombre se abrían enormes, extrañados, castaños y tiernos en la noche con sombras amarillas. El hombre quedó tendido en el suelo y la sangre de su vientre empapa la acera y cuando la colma va cayendo a la calle negra hasta que se confunde con ella. A su lado una pequeña fiambrera que al caer se abrió y desparramó su contenido, un bocadillo de tortilla y una manzana.
En el coche que se aleja los dos jóvenes charlan.
-¿Cual es lo siguiente tío?
-Hay que violar a una negra joven, a ser posible virgen y con el pelo largo, bizca, ni gorda ni delgada, ni alta ni baja...

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El ángel apolíneo



Amanece y el ángel apolíneo encaramado en el tímpano de la puerta del cementerio extiende sus alas blancas. La niebla, agazapada sobre lapidas y nichos, espera al mediodía para mutar en transparencias. El primero en llegar es el enterrador que alterna el doble oficio de sepulturero y oficial de mantenimiento del camposanto. Abre las puertas y a los pocos minutos la gravilla de los caminos cruje con las pisadas de los visitantes. Olor a flores de muertos, por los muertos y para los muertos se suceden en la mañana de otoño. La mujer anciana rodeada de sus hijos deposita su ramo sobre el panteón de mármol blanco. Cuando se endereza su mirada se tuerce a la izquierda. Guarda la compostura cuando ve a la mujer del abrigo negro entallado en una cintura aún fina y unas piernas largas vestidas de luto y solo el cristo crucificado de la losa oye el bisbiseo de sus labios,”la muy puta, ni hoy respeta nuestro dolor, Prudencio, cuanto daño nos hiciste y sin embargo, aquí estoy, a pesar de todo”. Un poco más allá, la mujer madura con el concienzudo peinado escarola llora lagrimas clamorosas ante la tumba de granito negro con pequeña cúpula gótica, mientras un apuesto joven de mirada descarada, bragueta fácil y vida cómoda, la espera aburrido unos metros detrás. Palabras como serpientes silban entre las sepulturas.” Mírala hace cuatro días que enterró al marido y ya tiene un amigo, y de que te extrañas, dicen que siempre los tuvo. Hoy no vino el marido de Antonia, cómo va a venir si está en Benidorm ¡ay el muerto al hoyo y el vivo al bollo!, ¿te has fijado cómo envejeció Sagrario? pues claro, es ese hijo drogadicto que va a acabar con ella y anda que poco pelo le queda ya a Jesús, qué entradas, je je je, son para dejar sitio a los cuernos que le van a empezar a salir.” Un perro de pelo hirsuto y ojos amarillos surge al mismo tiempo que el cura que viene a decir la misa. Huele aquí y allá, gruñe y enseña los dientes a todo el que intenta acercarse para echarlo, hasta que la mujer del abrigo negro entallado lo ve, sus miradas se cruzan, el perro menea la cola y lame la mano que suavemente lo conduce hacia la puerta. El sacerdote oficia la misa de difuntos, la niebla vuelve, la gravilla cruje con los pasos que se marchan, el perro de ojos amarillos permanece al lado de la puerta, la mujer de las medias negras espera a su lado y cuando llega el coche negro, ambos se suben. El ángel apolíneo baja la cabeza y cierra sus alas blancas.