viernes, 20 de junio de 2014

Clones



Estaban sentados en la sala de espera, aséptica y funcional. Sillas ergonómicas de madera clara, ventanales amplios que mostraban un paisaje de cielo gris y casas diseminadas por praderías de distintas tonalidades verdes. El anciano tenía la frente abombada, los ojos pequeños y muy juntos, prestos a alcanzar una nariz aguileña que se curvaba en su tramo final hasta casi tocar el labio superior. El cuerpo, cruel remedo de lo que en un tiempo fue, permanecía encogido con las manos temblorosas apoyadas en la empuñadura del bastón. En la silla de al lado, su esposa, con la misma predisposición en la frente al abombamiento y cierta curvatura al final de su nariz chata, como un pequeño pedúnculo, un colgajo que linda con el borde del labio. También inclinada hacia delante, sus manos buscan cobijo en su regazo y la cabeza a veces cae desmayada, con la barbilla bamboleante en un inestable equilibrio. Quizá los años mirándose día a día, compartiendo los espejos y los reflejos en los charcos, metamorfosearan sus rasgos primigenios y los fueran modelando tan parecidos y semejantes. Suena un pitido y en la pantalla negra, situada al fondo de la sala, aparece la fosforescencia de un número. El hombre se levanta y con pasos cortos y penosos se dirige hacia una puerta. Detrás, como un caracol vencido, ella le sigue. 

2 comentarios:

  1. Tengo ante mí el blog... una pasada... sigue con el, porque no aburre.

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